Donald Trump soltó que las votaciones en Brasil fueron una vergüenza más grande que una telenovela de sábado por la noche con final robado. Según él, ni siquiera tomó partido, pero vio todo y le pareció un desastre digno de aplausos irónicos.
Flávio Bolsonaro, el aliado derrotado, agarró a la familia y se largó a Miami como quien huye de la suegra en plena cena de Navidad, ignorando una orden judicial por un lío de lavado de dinero. Una vez en Florida se declaró “el líder de Brasil” y prometió armar la oposición a Lula desde una terraza con vista al mar y mojitos.
Trump, preguntado sobre quién ganó de verdad, contestó que no quería opinar por ahora, aunque añadió que los mercados se fueron al suelo como un panadero sin levadura. Todo el asunto quedó como una comedia absurda donde el perdedor dirige la resistencia desde el extranjero y el ganador celebra con el país dividido en dos como un chicharrón partido por la mitad.




