Las grandes petroleras están de fiesta gracias a los precios del crudo y a unos márgenes de refinación que parecen sacados de una película de ciencia ficción. Chevron superó las expectativas de los analistas con una ganancia neta ajustada de 5,28 dólares por acción, es decir, 35 centavos más de lo previsto. Todo esto ocurre mientras el combustible cuesta un ojo de la cara y los votantes estadounidenses se preparan para las elecciones de mitad de mandato.
El refinado fue el verdadero protagonista de la jugada. La unidad de Chevron generó 4.930 millones de dólares, cuatro veces más que el año anterior. Los conflictos en Irán y Ucrania han dejado fuera de combate el diez por ciento de la capacidad mundial de refinación, lo que explica por qué las ganancias de BP alcanzaron su nivel más alto en dieciocho años. Shell, por su parte, decidió subir las recompras de acciones para no quedarse atrás frente a ExxonMobil.
A diferencia de sus rivales europeas, Chevron optó por un camino más prudente y destinó gran parte de esas ganancias extraordinarias a reducir deuda. La directora financiera, Eimear Bonner, dejó claro que no piensan cambiar de estrategia aunque el mercado se vuelva loco. La compañía mantuvo las recompras de acciones en 2.500 millones de dólares, dentro del rango anual previsto.
Gracias a la compra de Hess, Chevron aumentó su producción y pudo aprovechar el alza del treinta y cuatro por ciento en los precios internacionales del crudo. La operación le dio una participación del treinta por ciento en el bloque Stabroek de Guyana. Además, la empresa va camino de producir trescientos mil barriles diarios en Venezuela para finales de año, con costos inferiores a veinte dólares por barril.
El plan de Chevron incluye un acuerdo para llegar a seiscientos mil barriles diarios en Venezuela a principios de la década de 2030, además de renegociaciones en Kazajistán y conversaciones en Irak. Todo esto mientras la producción en la Cuenca Pérmica y otras zonas se ha estancado. El objetivo es mantener el crecimiento durante los próximos diez años sin depender de un solo yacimiento.
Entre tanto, el presidente Donald Trump, que prometió bajar los precios del combustible, enfrenta la posibilidad de perder el control del Congreso justo cuando la gasolina parece más cara que el caviar. Las petroleras celebran, los votantes pagan y el absurdo del mercado sigue su curso sin que nadie parezca sorprendido.




