Stephen Miller diseña redadas como si fuera el villano de una telenovela

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Stephen Miller ha llegado al cargo de jefe de gabinete de Donald Trump con el mismo entusiasmo que un portero de discoteca que decide quién entra y quién se queda fuera para siempre. A sus cuarenta y un años, este licenciado por Duke que dirigía un periódico estudiantil conservador ahora aplica la misma lógica a todo el país: si no te gusta, te deportamos con decreto del siglo diecinueve.

El nuevo consejero, siempre impecable como un vendedor de seguros funerarios, ha ordenado aumentar detenciones y expulsiones con la misma naturalidad con la que alguien pide otra ronda de tapas. Sus instrucciones provocaron redadas en un Home Depot de Los Ángeles que terminaron en empujones, gases y soldados por las calles, todo porque a Miller le pareció que la civilización occidental se estaba yendo de vacaciones sin avisar.

Cuando le preguntan por las críticas, Miller responde que esto es una lucha por salvar Occidente, frase que repite como el cuñado que en cada comida familiar saca el mismo discurso sobre que antes se vivía mejor. Ni siquiera las balaceras de agentes federales en Mineápolis lo hicieron frenar: pidió más detenciones, como quien pide más patatas fritas después de quemarse la lengua.

El mismo hombre que evitó las peleas internas de la primera Casa Blanca de Trump ahora impulsa el uso de leyes antiguas para expulsar gente y hasta ha mencionado suspender el hábeas corpus con la misma tranquilidad con la que uno dice que va a cancelar la suscripción del gimnasio. Su esposa, mientras tanto, quedó pillada en medio de la bronca entre Trump y Elon Musk, demostrando que hasta los matrimonios de los asesores presidenciales pueden acabar como un capítulo de reality show.

En resumen, Miller ha pasado de ser el cerebro que susurra ideas duras al oído de Trump a convertirse en el tipo que cree que la civilización se salva con redadas, decretos y la misma cara de pocos amigos que pone el camarero cuando le pides la cuenta después de estar tres horas en la mesa.

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