El viceprimer ministro chino llegó a la Feria Internacional de Importaciones de Shanghái como quien va a un mercadillo a vender churros y se encuentra con que todo el mundo lo acusa de haber robado la receta secreta del mundo. Según Ding, las acusaciones de que Pekín está sofocando a las demás economías son “totalmente infundadas”, frase que en lenguaje de político significa “no me miren a mí, miren a los demás que también hacen trampas”.
Estados Unidos y la Unión Europea llevan años repitiendo que China inunda los mercados con coches eléctricos y paneles solares más baratos que el agua del grifo, gracias a unas subvenciones que parecen sacadas de un concurso de televisión. Ding respondió que la competitividad china viene de la investigación y el desarrollo, no de que el Estado pague la factura como un padre que financia las juergas de su hijo mayor.
La feria reúne este año a más de cuatro mil empresas extranjeras que llegan con la esperanza de vender algo antes de que el superávit comercial chino las deje sin camiseta. Pekín insiste en que nunca ha buscado deliberadamente un superávit, algo así como cuando alguien dice que solo ha entrado en el bar “para tomar una cervecita” y termina cerrando el local a las seis de la mañana.
Al final, el mensaje oficial es que China no es solo la fábrica del mundo, sino también un cliente generoso que compra de todo… siempre que el producto no compita demasiado con lo que ya fabrica dentro de casa. Los demás países, mientras tanto, siguen mirando la balanza comercial como quien revisa la cuenta del restaurante y descubre que el que invitó era el que menos ha comido.



