Donald Tusk, más harto que un taxista madrileño en hora punta, le soltó un mensaje al presidente Karol Nawrocki exigiéndole que deje de hacer el payaso y reconozca a los jueces que eligió el Parlamento. Según Tusk, la Constitución no es un papel higiénico y Nawrocki debería permitir que esos magistrados se sienten en sus sillones antes de que la cosa se ponga más fea que una boda con suegra borracha.
El presidente, en cambio, decidió plantar cara como si estuviera defendiendo su plaza de garaje. Se negó a avalar los nombramientos y armó una bronca institucional que terminó con policías rodeando el Tribunal Constitucional como si fuera un bar de alterne en pleno desalojo. La jueza Anna Korwin-Piotrowska entró como interina, echó al titular y al vicepresidente vinculados al partido PiS, y el ministro de Justicia pidió que les quiten la inmunidad como quien retira el carné de conducir a un conductor kamikaze.
Nawrocki, que estaba de viaje en Senegal, canceló todo y volvió volando como si le hubieran dicho que le habían robado el coche. Al llegar, forcejeó con los jueces en la puerta mientras los simpatizantes de derecha aplaudían como si vieran el final de un capítulo de Sálvame. Unos lo llamaron golpe de Estado, otros lo defendieron como una limpieza de primavera, y la Comisión Europea le dio la razón a Tusk desde Bruselas, pidiéndole al presidente que deje de bloquear todo como un niño al que le quitan el mando de la tele.
El conflicto viene de lejos, desde que el PiS metió a sus amigos en el tribunal como quien rellena el congreso de un partido con militantes fieles. Ahora la Asamblea General de este martes decidirá si hay quórum suficiente o si todo se queda en un partido de fútbol sin árbitro. Mientras tanto, los expedientes de los ciudadanos siguen acumulando polvo como facturas olvidadas en un cajón.




