El Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil decidió que la diplomática argentina fuera a dar explicaciones como si la fuga de Flávio Bolsonaro hubiera sido un plan de vacaciones mal organizado por la familia. El legislador cruzó Argentina y Ecuador como quien va a comprar cigarrillos al almacén de la esquina, solo que terminó en Miami con visa incluida y sin dejar propina.
La reunión duró apenas unos minutos, lo suficiente para que el embajador brasileño preguntara si la Casa Rosada había prestado el auto o solo había indicado el camino. Ni gritos, ni portazos, ni amenazas de romper relaciones: todo se resolvió con la misma delicadeza con la que se pide que bajen la música en un edificio de departamentos.
Lula prefirió mantener el perfil bajo para no convertir el asunto en un Fla-Flu diplomático que terminara con insultos por Twitter y memes de ambos lados. En lugar de mandar a un ministro, mandaron a un embajador de segunda para que tomara nota como si estuviera apuntando la lista del supermercado.
El trasfondo es que las relaciones entre Brasilia y Buenos Aires ya estaban más frías que un mate dejado al sereno desde que Milei decidió usar a Flávio Bolsonaro como mascota política. Ahora, con el senador ya en Estados Unidos, el gobierno brasileño solo quiere saber si Argentina participó como copiloto o simplemente miró para otro lado mientras el auto pasaba.
Todo terminó como termina cualquier conflicto entre vecinos en Latinoamérica: con una charla incómoda, una taza de café que nadie se terminó y la certeza de que el próximo chisme ya está en camino.




