El ingeniero que cambiaba debates por goles del Morelia

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Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano dejó este plano a los 92 años, cerrando una etapa donde la política mexicana parecía más un partido de fútbol que una asamblea formal. El ingeniero, conocido por armar la izquierda electoral como quien arma una defensa de tres centrales, también cargaba con una afición incurable por el cuadro purépecha que rayaba en lo obsesivo.

Detrás del estadista mesurado existía un hincha que seguía los partidos del Morelia con la misma paciencia que usaba para esperar resultados electorales. Gobernó Michoacán en los ochenta y nunca soltó la playera amarilla y roja, ni siquiera cuando el equipo pasaba por tormentas administrativas dignas de un reality de supervivencia. Para él, el balón rodando en Morelia representaba algo más que noventa minutos: era el termómetro de la región que tanto defendió. Quienes lo trataron fuera de micrófonos recuerdan cómo revisaba marcadores con la misma templanza que enfrentaba crisis nacionales, sin gritos ni banderolas, solo un interés constante por el equipo de su tierra.

Ese gusto coincidió con los mejores momentos del club, incluido el título del Invierno 2000, y sobrevivió a las peores administraciones. Mientras negociaba soberanía energética o fundaba el PRD, Cárdenas encontraba en las transmisiones del fin de semana un refugio donde las asambleas se quedaban en pausa. Su vida, desde la Corriente Democrática de 1987 hasta la jefatura de Gobierno capitalina en 1997, siempre tuvo un hueco reservado para el balompié michoacano.

Al final, el ingeniero demostró que hasta los grandes arquitectos de la democracia necesitan un equipo al que aplaudir los domingos.

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