Vladimir Putin llamó por teléfono a los presidentes de Finlandia y Noruega para soltarles una regañina de las que dejan huella, acusándolos de alargar la guerra en Ucrania con sus políticas de confrontación, como si estuvieran discutiendo quién paga la cuenta en un restaurante familiar.
Durante la charla de noventa minutos, el líder ruso recordó que la única paz posible sería la que respete todos sus intereses, mientras los mandatarios nórdicos asentían con la misma cara que uno pone cuando el suegro explica por qué el fútbol era mejor antes.
Los tres acordaron seguir hablando por teléfono, tal vez para evitar que la conversación derivara en un grupo de WhatsApp donde nadie responde los mensajes.
Stubb y Støre, tras colgar, admitieron que las diferencias eran enormes, como intentar convencer a un taxista de que el camino más corto no pasa por la autopista de peaje.
Más tarde llamaron a Zelenski para contarle el chisme, mientras en Helsinki los primeros ministros nórdicos seguían reunidos, probablemente decidiendo quién sería el encargado de contestar la próxima vez que el teléfono sonara con prefijo ruso.




