El metal rojo siguió bajando como si hubiera visto una factura de luz demasiado alta. Esta vez perdió hasta un 0,6 por ciento en Londres tras dos semanas seguidas de descensos. Los inversores prefirieron quedarse quietos antes de que la Reserva Federal abra la boca el miércoles y decida si sube las tasas.
El mercado calcula solo un 10 por ciento de probabilidades de que suban los tipos en esa reunión, pero más del 70 por ciento cree que lo harán antes de fin de año. Mientras tanto, los precios de la energía siguen caros y eso frena el crecimiento y el hambre de materias primas. El cobre, que se usa en centros de datos y cables eléctricos, siente el golpe directo.
En China la oferta sigue escasa porque la producción nacional bajó y el metal se va hacia Estados Unidos por los aranceles que se avecinan. La prima de Yangshan, que mide la demanda de cobre importado, alcanzó su nivel más alto desde que hay registros en 2017. Nadie quiere que llegue el invierno y el consumo chino se enfríe todavía más.
Wu Kunjin, jefe de investigación de Minmetals Futures, advierte que las dudas sobre los aranceles y el menor consumo chino podrían aliviar la presión. Por ahora el cobre cotiza en 14.247,50 dólares la tonelada en la Bolsa de Metales de Londres. Otros metales también flaquean: el aluminio cayó un 0,4 por ciento y el níquel un 0,9 por ciento.
Al final, el cobre parece un adolescente que esperaba una fiesta de inteligencia artificial y se encontró con que los padres le subieron la luz y le quitaron el wifi. Nadie sabe si la Reserva Federal va a dar un sermón o solo un susto, pero el metal ya está sudando antes de que empiece la reunión.




