Los analistas de J.P. Morgan y UBS coinciden en que las economías de México y Estados Unidos ya no bailan al mismo ritmo. Mientras el vecino del norte se llena de inversiones en inteligencia artificial, México sigue tropezando con una inversión doméstica floja y una productividad que parece dormida en la hamaca. Este desacople no rompe el comercio, pero sí reduce el efecto del dinamismo estadounidense sobre el crecimiento interno mexicano.
La inversión tecnológica estadounidense genera ganancias de productividad que no siempre se traducen en pedidos de productos mexicanos. México exportó equipos de cómputo por 85 mil 400 millones de dólares en 2025, un salto del 145 por ciento anual, pero gran parte del valor se queda fuera porque depende de insumos importados. Es como fabricar el pastel y que solo te quede la miga.
Los factores estructurales explican la debilidad mexicana. La informalidad, las fallas en infraestructura y energía, los mercados de crédito estrechos y las debilidades institucionales frenan el avance de la productividad. Desde la pandemia, Estados Unidos aprovechó un gasto fiscal enorme y un impulso en inversión, mientras México avanzó con el freno de mano puesto.
La demografía tampoco ayuda y obliga a depender más de la inversión y la productividad. La integración comercial desde el TLCAN en 1994 creó un vínculo fuerte, donde un punto de crecimiento estadounidense se reflejaba en hasta 0.9 puntos en México. Ahora ese lazo se afloja porque los motores de cada lado son distintos.
Las industrias exportadoras como la automotriz y la electrónica mejoraron su productividad, pero la refinación de petróleo y la química retrocedieron. Así que mientras Estados Unidos corre con la IA, México necesita arreglar su casa interna si quiere convertir las exportaciones en un crecimiento más amplio y menos dependiente de lo que pase al otro lado de la frontera.




