El romance de Trump y Putin se reaviva con un petrolero cargado de «diésel del amor»

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¡Que suenen las trompetas y se sirva el vodka! En un giro de guion más predecible que el final de una telenovela de las nueve, un buque petrolero llamado Agioi Fanendes, nombre que suena a conjuro para invocar a un dios griego con resaca, navega triunfalmente hacia Nueva York. ¿Su cargamento? 40.000 toneladas de diésel ruso, el primer fruto prohibido del nuevo y apasionado reencuentro entre Donald Trump y Vladimir Putin. La embarcación, con más sellos rusos en su pasaporte que un espía de la Guerra Fría, llegará justo después de las elecciones, porque la sutileza es para los débiles.

Este pacto, sellado probablemente con un apretón de manos sospechosamente firme y un intercambio de miradas cómplices, es la jugada maestra de Trump para que el estadounidense promedio pueda llenar el tanque de su camioneta gigante sin tener que vender un riñón. «¡Primero 300.000 toneladas, luego 500.000 y después un millón!», exclamó el magnate con peinado de estropajo, como si estuviera subastando ganado en una feria. Desde Rusia, Putin y sus secuaces confirmaron que los envíos serán «regulares», lo que en lenguaje diplomático significa «hasta que nos vuelvan a sancionar o se nos acabe el chollo».

Mientras tanto, el Agioi Fanendes, un barco con bandera de Malta operado por griegos y propiedad de un multimillonario, se ha convertido en el mensajero de este amor geopolítico. Es un embrollo internacional tan enrevesado que parece el argumento de una película de espías de bajo presupuesto. La Tesorería de Estados Unidos, actuando como el padre que le da permiso a su hijo para ir a una fiesta salvaje, ha emitido una licencia temporal para que el «caldo de Putin» fluya libremente hasta 2027. ¡ barra libre de diésel!

Pero no todos están contentos en esta fiesta. El presidente ucraniano, Volodimir Zelensky, ha puesto el grito en el cielo, calificando el acuerdo como una «inversión en la guerra», con la misma cara que pones cuando tu amigo vuelve con su ex tóxica por décima vez. En el Congreso de Estados Unidos, varios legisladores también han arqueado la ceja con desaprobación, probablemente mientras calculan cuánto subirá su propia gasolina. La Unión Europea, que ya le había cerrado el grifo a Rusia, observa todo desde la distancia comiendo palomitas.

Así que, mientras este petrolero surca los mares como una botella con un mensaje de amor muy inflamable, el mundo observa. Unos se frotan las manos pensando en el combustible barato y otros preparan discursos indignados. Al final, lo único claro es que la política es el arte de hacer tratos extraños en el momento más conveniente. El ciudadano de a pie, por su parte, solo espera que el diésel baje lo suficiente como para poder ir a comprar el pan sin tener que hipotecar al perro.

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