En el último capítulo de la comedia de enredos que llamamos geopolítica, el secretario de Estado gringo, Marco Rubio, y su colega de la OTAN, Mark Rutte, se echaron un telefonazo para ver cómo arreglaban el pleito entre Rusia y Ucrania. Mientras intercambiaban figuritas diplomáticas y se quejaban del precio del aguacate, la realidad se encargaba de recordarles que el mundo no es una reunión de consorcio por Zoom, sino más bien una pelea de borrachos en una cantina a las tres de la mañana.
Por un lado, tenemos a Vladímir Putin, quien, con la cara más seria que un bulldog masticando un limón, declaró que está listo para buscar una salida y que los ucranianos son «un pueblo muy cercano». Una afirmación tan tierna que casi se te olvida que, justo esa madrugada, mandó un paquete de bienvenida con más de 200 drones y unos 20 misiles. Es la versión internacional de «te quiero mucho, pero voy a quemarte la casa». Una relación tóxica de manual, donde los «te quiero» vienen acompañados de artillería pesada.
Mientras tanto, al otro lado del charco, Donald Trump, en su papel de suegro metiche, insistía en que su homólogo ucraniano, Zelensky, ya le diera la mano a Putin y dejaran de pelear, como si estuvieran discutiendo por el último trozo de pastel en una fiesta infantil. Zelensky, por su parte, escuchaba estas ofertas de paz mientras esquivaba escombros y se preguntaba si el concepto de «humanitario» de Putin incluía redecorar ciudades enteras a base de bombazos. Su cara de «no me fastidien» probablemente se podía ver desde el espacio.
Y para rematar el sainete, en las ciudades de Kramatorsk y Sloviansk, las autoridades ucranianas iniciaron una evacuación obligatoria para familias con niños, bajo el sutil lema de: «¡No esperen a que un misil les estacione en el salón, córranle ya!». El gobierno, en un despliegue de eficiencia tragicómica, intentaba sacar a los críos de la zona de tiro al blanco, mientras los padres hacían malabares para empacar una vida entre sirenas antiaéreas. Es el equivalente a que te digan que te mudes porque el vecino de arriba practica lanzamiento de martillo con bolas de boliche.
Así que, mientras los trajeados discuten si la paz se negocia con o sin galletitas en la mesa, la gente de a pie sigue recibiendo «mensajes de diálogo» a 3.000 kilómetros por hora. Al final, todo indica que la próxima llamada diplomática será para preguntar: «¿Oye, ese dron que se acaba de estrellar en mi jardín era tuyo?». La comunicación, ante todo.




