¡Atención, fiesteros de Francia! Papá Macron ha decidido que la parranda se salió de control y ha puesto nuevas reglas para el guateque. Hastiado de que le estén quemando hasta el felpudo de la entrada, el presidente anunció que el sábado solo podrán manifestarse los sindicatos, y por una ruta alterna, como si los mandara a dar la vuelta a la manzana para que no le pisen el césped recién cortado. Básicamente, si no tienes carnet de “revoltoso oficial”, te quedas en casa viendo telenovelas.
Macron, con cara de no haber dormido en una semana, culpó de todo el desmadre a unos grupos de “ultraizquierda” que, según él, quieren tumbar la República como si fuera un castillo de naipes. Mientras tanto, sus servicios de inteligencia estaban más perdidos que un pulpo en un garaje, admitiendo que no vieron venir la que se les venía encima. El primer ministro reconoció el fallo con la misma expresión de un niño que rompió un jarrón y el ministro del Interior confesó que la policía perdió el control del balón durante el fin de semana. Para colmo, el presidente se fue de gira por Oriente Medio en plena crisis, seguramente para traer recuerditos y pedir consejos sobre cómo controlar multitudes.
El saldo de la pachanga del 17 de octubre es para llorar: entre 550.000 y 800.000 personas salieron a la calle más calientes que plancha de sastre. El resultado fue una edición extrema de “Bricolaje y Destrucción”: ayuntamientos en llamas, oficinas de turismo hechas cenizas y unos 3.000 comercios que ahora parecen escenario de película postapocalíptica. El ministro de Justicia, cual cobrador de Elektra, informó que ya van 2.700 detenidos y pidió a los fiscales que no se anden con blandenguerías, que repartan sentencias como si fueran dulces en una piñata.
La respuesta del gobierno es sacar todo el arsenal, como si fueran a rodar una película de acción de bajo presupuesto. Para el sábado desplegarán vehículos blindados, unidades de élite y hasta los militares que normalmente cuidan la Torre Eiffel, no vaya a ser que alguien intente llevársela. Mientras tanto, la oposición está dividida entre los que gritan “¡represión policial!” y los que exigen “¡mano más dura!”, pareciendo una discusión de sobremesa familiar sobre cómo educar a los hijos. El gobierno, por su parte, acusa a un partido de echarle gasolina al fuego, y el partido responde que ellos solo trajeron los malvaviscos.
Este culebrón no es nuevo. Francia lleva años en un ciclo de protestas que se repiten más que el ajo. ¿Se acuerdan de los chalecos amarillos? Pues esto es como la segunda temporada con más presupuesto para efectos especiales. El detonante, como siempre, es que la gasolina está más cara que un café en el aeropuerto y el dinero ya no alcanza ni para los chicles. Todo empezó con un video en redes sociales, demostrando una vez más que un teléfono con internet es más peligroso que un mono con navaja.
Y para ponerle más sabor al caldo, las elecciones presidenciales se asoman en el horizonte. Macron no puede reelegirse, así que está viviendo sus últimos días de gloria como el capitán del Titanic. Mientras tanto, Marine Le Pen, a quien le redujeron una inhabilitación justo a tiempo, ya anunció su candidatura y las encuestas la ponen por las nubes. Está sentada, comiendo palomitas, viendo cómo el país arde mientras espera su turno para gobernar las cenizas. La huelga general del 5 de noviembre será el próximo capítulo de esta serie que tiene a todos al borde del asiento. ¡No se la pierdan




