Francia se prepara para una protesta como quien espera la visita de la suegra: con pánico y refuerzos

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En un giro de acontecimientos que sorprende a nadie, el gobierno francés ha decidido que la mejor forma de escuchar las quejas de su pueblo sobre el costo de vida es desplegar un ejército de policías que parece sacado de una película de acción de bajo presupuesto. Para la próxima edición del «Festival Nacional de la Queja» programada para el sábado, las autoridades han anunciado que sacarán a pasear un 20% más de efectivos que la última vez, porque si algo soluciona los problemas económicos es ver un vehículo blindado aparcado en la puerta de la panadería.

El ministro delegado de Interior, en lo que pareció una lección magistral de cómo convertir un problema social en un episodio de G.I. Joe, detalló el plan. Se cancelaron vacaciones, se llamaron a reservistas y probablemente se interrumpió la jubilación de algún gendarme que ya estaba tranquilo en su casa tejiendo bufandas. El menú de seguridad incluye a los muchachos de la fuerza Sentinelle, unidades de élite con nombres que suenan a perfume caro (RAID, BRI, GIGN), helicópteros para ver el descontento desde arriba y tanquetas, por si a algún manifestante se le ocurre cruzar en rojo.

Mientras tanto, varias ciudades como Lyon y París han optado por la estrategia de «si no lo veo, no existe», prohibiendo las manifestaciones en zonas clave. En la capital del amor y las revoluciones, ahora es más fácil encontrar un unicornio que un lugar donde puedas juntarte con tus amigos a gritar que la baguette está carísima. La prohibición abarca lugares tan poco importantes como los Campos Elíseos, el Museo del Louvre y la Asamblea Nacional. Al parecer, el arte y la política son alérgicos a la gente normal. Los militares protegerán los edificios importantes, liberando a los policías para que puedan dedicarse a su verdadera pasión: poner multas de aparcamiento.

En resumen, mientras el ciudadano de a pie se pregunta cómo va a llegar a fin de mes, el gobierno francés está más ocupado jugando al Risk con sus propias ciudades. La lógica es aplastante: el despliegue para evitar que la gente se queje de que no tiene dinero probablemente cuesta más que el dinero por el que se quejan. Francia está más tensa que un reguetonero en una biblioteca, demostrando una vez más que no hay nada como una buena dosis de pánico gubernamental para animar el fin de semana.

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