Lula y Bolsonaro se acusan de jugar sucio en WhatsApp como tías peleando por el testamento

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Bienvenidos al episodio final de la telenovela más sobreactuada de Brasil, donde los protagonistas, en lugar de darse cachetadas en una hacienda, se lanzan denuncias en los tribunales como si fueran chanclas. A pocos días de que el país decida quién se queda con el control remoto del poder, Flávio Bolsonaro y Luiz Inácio Lula da Silva han convertido la campaña en un chismorreo de lavadero digital, acusándose mutuamente de hacer trampa en el patio de recreo de Mark Zuckerberg.

El drama comenzó cuando el equipo de Bolsonaro, con el dramatismo de un villano de opereta, corrió a llorarle al Tribunal Superior Electoral (TSE). Su queja: que Lula estaba usando una cuenta de WhatsApp del gobierno para mandar cadenas de mensajes, básicamente convirtiendo el canal oficial en su propio grupo de fans para presumir sus logros. Es el equivalente político a que tu tío mande fotos de su asado al grupo familiar para que todos vean lo bien que le va, pero con presupuesto público. Un claro caso de «abuso de poder» por no respetar la sagrada regla de no mezclar trabajo con los memes.

Pero el equipo de Lula, que de manso no tiene ni el peinado, respondió con un contundente “¡el que lo dice lo es!”. Prepararon su propia denuncia, acusando a la campaña de Bolsonaro de tener un pacto secreto con el algoritmo de Meta. Según ellos, el sistema le ponía más brillantina y alcance a las publicaciones de Bolsonaro, mientras que las de Lula terminaban más ignoradas que un folleto de testigos de Jehová. Alegan una “manipulación algorítmica” que hacía que el contenido de Lula tuviera la visibilidad de un fantasma en pleno mediodía.

En medio de este fuego cruzado, los ejecutivos de Meta sudaban más que un testigo falso. La empresa, dueña de todo el vecindario digital, juró por su vida que los problemas eran “fallos técnicos”, la misma excusa que uno da cuando se le olvida el cumpleaños de su pareja. El TSE, haciendo de padre severo, les dio 24 horas para demostrar que no estaban favoreciendo a ninguno de los dos niños malcriados, bajo amenaza de una multa que para Zuckerberg es menos que el cambio que encuentra en los cojines de su sofá.

Para añadir más leña al asado, Lula, en un movimiento digno de un jugador de póker profesional, retó a Bolsonaro a un duelo de transparencia. Ofreció mostrar sus extractos bancarios y telefónicos, con la condición de que Flávio hiciera lo mismo. Es el equivalente a decir: “yo enseño mis trapos sucios si tú enseñas los tuyos”, sabiendo perfectamente que ambos tienen el armario lleno de esqueletos. Mientras tanto, el pueblo brasileño mira este circo con un balde de palomitas, esperando a ver quién de los dos les va a complicar menos la existencia el próximo domingo.

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