Mientras Francia se convertía en el escenario de una gigantesca fiesta de demolición urbana, su presidente, Emmanuel Macron, andaba de gira por Medio Oriente, probablemente buscando el manual de instrucciones para apagar un país en llamas. Desde la lejana y tranquila Doha, Macron aseguró, con la seriedad de quien explica por qué se comió el último trozo de pastel, que no hay espías extranjeros moviendo los hilos, pero sí mucho chismoso con conexión a internet.
El presidente francés, visiblemente molesto porque le arruinaron su viaje de negocios, denunció una «manipulación extranjera» que incluía «comentarios estúpidos» de otros líderes. Cuando un periodista le preguntó si se refería al expresidente con el peinado de algodón de azúcar naranja, Donald Trump, Macron respondió con un diplomático «entre otros», que en lenguaje político significa «¡CLARO QUE SÍ, ESE MISMO!». Al parecer, circulan por la red imágenes generadas por inteligencia artificial más falsas que un billete de tres euros, donde supuestamente hordas de inmigrantes invaden Francia, probablemente para preguntar la receta secreta de la *baguette*.
Con el ceño fruncido y un tono que recordaba a un padre decepcionado, Macron soltó una perla: «Los que en estos instantes hablan mal de Francia es que no quieren a Francia. Esa gente me fastidia». Básicamente, hizo un berrinche digno de un niño al que le quitan su tableta, convocando a sus servicios de inteligencia no para detener los saqueos, sino, al parecer, para rastrear memes ofensivos y tuits malintencionados que le hieren sus sentimientos galos. Prometió ir «hasta el final para restablecer el orden», lo que podría significar cualquier cosa, desde enviar al ejército hasta ponerle un candado a la nevera de los cruasanes.
A pesar de que las ciudades parecen sets de rodaje de una película de acción de bajo presupuesto, Macron ha descartado declarar el estado de emergencia. Seguramente porque eso implica demasiado papeleo y, francamente, ya tiene suficiente con el drama en las redes sociales. Por ahora, se conforma con toques de queda y la prohibición de reuniones, una medida que busca evitar que la gente se junte para decidir colectivamente que el nuevo deporte nacional es lanzar adoquines. Mientras tanto, el resto del mundo saca las palomitas para ver cómo termina este nuevo capítulo de «Mi país en llamas», patrocinado por la diplomacia tuitera y los chismes de alta tecnología.




