¡Lula saca la billetera ajena y se viste de Rey Mago a días de la elección!

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A un estornudo de la segunda vuelta presidencial, con el sudor frío del candidato que ve las encuestas y no le cuadran los números, el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva decidió que era un momento excelente para jugar a ser Santa Claus en pleno octubre. Ni corto ni perezoso, sacó de la chistera un conejo del tamaño de un elefante: ¡un perdonazo fiscal monumental de unos 3,184 millones de dólares para microempresarios! Una cantidad de dinero que se esfumó como el sueldo en fin de semana largo, todo sea por el «bien del pueblo».

«Lo que anunciamos hoy son cosas financieramente simples», declaró el mandatario con la cara más seria que un réferi de lucha libre. Claro, ¡qué simple es regalar dinero que no es tuyo! La jugada, más cantada que un éxito de Luis Miguel, también incluyó subir el límite de facturación para ser microempresa, no fuera a ser que algún emprendedor, por culpa de la inflación, se volviera «rico» y tuviera que pagar impuestos como un ciudadano común y corriente. La excusa oficial, digna de un niño que rompió un florero, fue que el límite no se actualizaba desde 2016. ¡Vaya urgencia repentina!

Pero espere, ¡aún hay más! Como en una teletienda de madrugada, Lula anunció que también quiere que los autobuses sean gratis los fines de semana. Una idea tan brillante que a nadie se le había ocurrido antes, sobre todo en la víspera de unas elecciones. «El transporte gratuito es una obsesión», confesó, casi tan grande como la obsesión de ganar una elección, al parecer. ¿Y quién paga la fiesta? Pues los legisladores, a quienes les van a recortar parte de su presupuesto para obras en sus distritos. Una movida maestra para que los diputados se peleen entre ellos como hienas por el último trozo de carne.

Con estas medidas, sumadas a subsidios, aumentos de ayudas y promesas de renegociación de deudas, el tramo final de la campaña de Lula parece más un concurso de televisión que una contienda política. Una lluvia de caramelos sobre un electorado al que le piden el voto con la sutileza de un mariachi a las tres de la mañana. Mientras tanto, su oponente lo mira desde la otra esquina del cuadrilátero con un punto más en las encuestas. La gran pregunta es si los brasileños se subirán al autobús de la gratuidad o si le dirán al chofer que prefieren irse caminando. La respuesta, en pocos días y con resaca electoral incluida.

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