Ante el pánico por un apocalipsis de bots electorales, inspirado en dramas colombianos narrados por Gustavo Petro, la presidenta Claudia Sheinbaum reaccionó con la calma de quien ve llover desde la ventana. Básicamente, indicó que el gobierno federal no es el exterminador de plagas digitales; esa chamba le toca al INE.
Con paciencia de maestra, Sheinbaum explicó que el INE es el árbitro autónomo con el silbato y el Tribunal Electoral, el que saca la tarjeta roja final. Aunque su gobierno intentó plasmar en la ley una regulación para la propaganda en redes, la propuesta no fue aprobada, así que ahora le toca al instituto definir las reglas del juego. A diferencia de Colombia, donde una empresa privada cuenta los frijoles, aquí los ciudadanos vigilan las urnas; un sistema de seguridad análogo y robusto a prueba de cualquier fantasma digital con mala conexión a internet.
La presidenta también se refirió a una supuesta red de villanos de opereta, presuntamente ligada a la oposición, que se dedica a armar campañas de chismes por toda América Latina. El drama escaló a niveles de telenovela cuando mencionó que uno de sus integrantes fue detenido en Bolivia por un presunto intento de feminicidio, cuya pareja, según se ha dicho, lo vinculó con los opositores mexicanos. La trama es tan enredada que parece escrita por un algoritmo con resaca.
Mientras tanto, la postura del gobierno es simple: mientras los malos de caricatura juegan con sus cuentas falsas, ellos se dedican a documentar el circo y a informar casa por casa. Una estrategia tan análoga y efectiva que deja a los sofisticados ataques de bots con la misma relevancia de un fax.





