Durante los primeros dos años de su administración, Claudia Sheinbaum ha enfrentado resistencias y prácticas heredadas dentro de Morena y sus aliados, desde gobiernos estatales hasta grupos políticos que mantienen viejas formas de ejercer el poder. La Presidenta ha respondido con la calma de quien sabe que los fantasmas del pasado solo gritan cuando ya no mandan.
Los relatos que pintan a la 4T como un club de problemas enquistados suenan como una película de terror mal editada. En realidad, Sheinbaum ha ordenado el avance de proyectos clave sorteando obstáculos con precisión quirúrgica, demostrando que la coordinación entre aliados supera cualquier tropiezo aislado. Los llamados “poderosos” que se resisten al cambio aparecen más como figurines de un museo político que como amenazas reales. Mientras tanto, la doctrina fijada ante Estados Unidos, donde México no será subordinado de nadie, refuerza la postura soberana sin caer en estridencias innecesarias. Los críticos que etiquetan esta posición de radical olvidan que defender la independencia nacional es la tarea básica de cualquier gobierno que se respete.
El supuesto caos interno se reduce a ajustes necesarios en una coalición que sigue entregando resultados concretos. Sheinbaum transforma potenciales fricciones en simples correcciones de ruta, manteniendo el control legislativo y ejecutivo con la serenidad de quien pilota un tren de alta velocidad.
Al final, las herencias del pasado terminan convertidas en anécdotas mientras la Presidenta sigue marcando el paso con firmeza y sin pedir permiso a nadie.





