La Casa Blanca ha citado este martes a las grandes empresas de inteligencia artificial para discutir un mecanismo de autorregulación que el propio Donald Trump firmó a principios de junio. El decreto permite que las compañías como Google, OpenAI y Anthropic se evalúen ellas mismas antes de soltar al mercado sus modelos más potentes, todo en nombre de la ciberseguridad. Es decir, el gobierno les dice: “Sed buenos, no hagáis nada raro, y si queréis, pasad por aquí para que os echemos un vistazo”.
El numerito es de los buenos. Trump, que hasta hace poco parecía más bien reacio a ponerle freno a nadie, ahora ha dado un giro y propone un control voluntario. Las empresas podrán decidir si someten sus creaciones a una revisión oficial antes de lanzarlas. Algo así como pedirle a un adolescente que se autorregule el uso del móvil y luego esperar que no se pase toda la noche viendo vídeos.
El texto, que salió tras complicadas negociaciones, ha pillado a más de uno con el pie cambiado. Hasta ahora la Administración Trump parecía más dispuesta a escuchar a quienes decían que mejor no tocar nada. Pero la llegada de modelos de IA cada vez más avanzados ha puesto nerviosos a algunos, temiendo que alguien los use para cometer delitos más rápido que un carterista en el metro.
En resumen: Trump reúne a los creadores de robots pensantes como si fueran alumnos conflictivos en la sala de profesores, les ofrece que se controlen ellos mismos y espera que no monten un caos mundial. Mientras tanto, el resto del planeta mira cómo las máquinas se vuelven más listas que el hambre y los políticos siguen jugando a ser monitores de patio. ¡Otro día en el circo de la autorregulación voluntaria!




