Resulta que el Gobierno italiano llegó a la reunión de emergencia del martes con una propuesta digna de una película de enredos: crear centros de tramitación y repatriación de migrantes financiados por toda la Unión Europea, pero instalados en países terceros. O sea, que los demás paguen y que el problema se quede lejos de casa, como cuando mandas al suegro a un hotel para que no moleste en la sobremesa. Todo esto mientras los ministros del Interior intentan evitar que se repita la avalancha de cincuenta mil personas que cruzaron hacia Ceuta la semana pasada, dejando a Marruecos con la cara de circunstancias.
El ministro italiano Matteo Piantedosi soltó sin filtro que la Unión ya no puede limitarse a reaccionar cuando la gente llega hasta la valla. Hay que actuar como bloque unido, frenar las salidas en origen y devolver a quien no tenga derecho a quedarse. Propuso, ni más ni menos, “nuevos modelos de centros externos” para tramitar asilos y repatriaciones en países seguros. Imagínate la escena: oficinas en mitad del desierto con aire acondicionado europeo, sellos de goma y formularios que nadie entiende, todo pagado con el dinero de los contribuyentes comunitarios.
La crisis de Ceuta se convirtió en la primera prueba seria del Pacto de Migración que tanto costó aprobar. Mientras tanto, Grecia pide un mecanismo de emergencia que permita suspender temporalmente las solicitudes de asilo cuando lleguen oleadas coordinadas, porque las normas actuales parecen diseñadas para días tranquilos, no para cuando alguien decide que es hora de cruzar todos a la vez. El comisario europeo Magnus Brunner, en cambio, salió presumiendo de que Europa “superó la prueba” con repatriaciones rápidas y procedimientos más eficientes. Como si el problema se resolviera con un “ya está, todo controlado”.
Marruecos, por su parte, echó la culpa a las redes sociales, las mafias y las malas interpretaciones de una sentencia española. Italia, mientras, suspendió por un mes el espacio Schengen con España, aunque a Ceuta ni le va ni le viene. Veintidós países pidieron más control en las fronteras exteriores y el resto se miró los zapatos.
En resumen: la solución parece ser mandar el problema a otro lado, pagar para que otros lo gestionen y rezar para que no vuelva a repetirse. Porque en Europa, cuando llegan cincuenta mil personas a la valla, lo importante no es resolverlo… es asegurarse de que la próxima vez el lío se arme en casa ajena.




