¡Atención, ciudadanos con el hígado a prueba de balas! La democracia estadounidense se prepara para su circo semestral, también conocido como las elecciones de mitad de mandato, donde el gran premio es conseguir una silla en el club de los 100 vejestorios que dirigen el país. Los demócratas necesitan arrebatar cuatro escaños como quien le quita un dulce a un niño republicano para tener la mayoría. Y aunque la votación es en 35 estados, los chismosos de pasillo con corbata aseguran que la verdadera carnicería se dará en solo nueve. Abróchense los cinturones, que este viaje tiene más turbulencias que un vuelo de aerolínea de bajo costo.
En Carolina del Norte, la cosa parece una pelea entre el campeón del pueblo y el nuevo rico del barrio. El demócrata Roy Cooper es más conocido en el estado que la receta de la Coca-Cola, habiendo ganado elecciones hasta para presidente de la comunidad de vecinos. Se enfrenta al monaguillo de Trump, Michael Whatley, cuyo mayor logro es no haberse presentado nunca a una elección. Con la popularidad de Trump por los suelos, llevar su apellido en el currículum es como ir a una entrevista de trabajo oliendo a cantina.
Míchigan es un campo de minas para los demócratas. Su candidato, Abdul El-Sayed, es tan progresista que sus ideas podrían alienar hasta a su propia sombra. Después de ganar por un pelo en las primarias, ahora tiene que convencer a votantes que lo miran con más desconfianza que a un mecánico que te dice «esto te va a salir caro». Su rival, Mike Rogers, es un republicano que ya sabe lo que es perder, así que viene con la piel curtida y listo para capitalizar cualquier metida de pata de su oponente. Esto está más parejo que un empate a cero.
Luego tenemos a Texas, donde la política es un deporte de contacto. El republicano Ken Paxton, el fiscal general del estado, sobrevivió a un escándalo de infidelidad que habría hundido a un político menor, demostrando que tiene más vidas que un gato de caricatura. Ahora, con el respaldo de Trump pero con la cartera más vacía que un bolsillo a fin de mes, se enfrenta al demócrata James Talarico, un exestudiante de seminario que intenta venderse como el yerno perfecto. Es la clásica pelea entre el pecador carismático y el santo aburrido. El resultado es un cara o cruz.
En Alaska, la situación es tan absurda que parece escrita por un guionista borracho. El senador republicano Dan Sullivan no solo tiene que preocuparse por su rival demócrata, Mary Peltola, sino también por otro tipo que se llama… Dan J. Sullivan. ¡Sí, dos Sullivans en la misma papeleta! Votar en Alaska será como intentar encontrar a Wally, pero con dos Wallys idénticos y uno de ellos es un profesor jubilado. Peltola, mientras tanto, se sienta a ver cómo los dos tocayos se roban votos entre sí en un sistema de votación más complicado que armar un mueble de IKEA con el manual en sueco.
Iowa, ese lugar lleno de maíz y granjeros enfadados, también está en la mira. La republicana Ashley Hinson lucha contra el demócrata Josh Turek, un exjugador de baloncesto paralímpico que ha saltado más obstáculos en su vida que un político cumpliendo promesas. Con los agricultores locales más quemados que el palo de un churrero por los aranceles y el precio del combustible, esta contienda huele a sorpresa.
En Maine, la historia es una telenovela. El candidato demócrata original, un criador de ostras, tuvo que retirarse porque resultó ser menos fresco que su marisco, enfrentando acusaciones serias. El partido, en un acto de desesperación, sacó de la chistera a Troy Jackson, un exleñador de 58 años. Se enfrenta a la republicana Susan Collins, una moderada que cambia de bando más que de calcetines. Las encuestas dicen que el leñador le lleva una ligera ventaja.
Georgia se ha convertido en el campo de batalla personal de Trump. Su protegido, el republicano Mike Collins, es un bravucón de las redes sociales que colecciona polémicas como si fueran cromos. Se enfrenta al senador demócrata Jon Ossoff, que tiene el carisma de una galleta de soda pero que, al menos, no provoca un escándalo cada vez que tuitea. Los analistas creen que el chico bueno tiene la ventaja, pero en Georgia nunca se sabe.
Finalmente, en Ohio y Nuevo Hampshire, las cosas también están que arden. En Ohio, el demócrata Sherrod Brown intenta hacer un regreso triunfal, apelando a la nostalgia de los votantes en un estado que se ha vuelto más republicano que un asado con cerveza barata. En Nuevo Hampshire, la contienda aún está en pañales, pero promete ser otra batalla campal por un asiento que los demócratas daban por seguro.
Prepárense para el drama, los memes y las promesas rotas. Gane quien gane, el verdadero perdedor ya lo conocemos: el sentido común. ¡Que comience el espectáculo





