¡Ceuta, el nuevo parque acuático de Marruecos!

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Madrid ha salido esta semana con la cara más seria que un inspector de hacienda en plena revisión, gritando que Ceuta y Melilla son tan españolas como el jamón ibérico. Mientras tanto, decenas de miles de personas entraron al enclave como si alguien hubiera abierto la puerta trasera de un bar a las cuatro de la mañana.

El ministro Albares, con cara de quien acaba de descubrir que le han robado la cartera en el metro, repitió lo de siempre: “Esto es territorio español, punto”. Marruecos, por su parte, se quedó mirando al cielo con cara de “yo no he sido”, aunque todo el mundo sabe que esta avalancha parece más un mensaje que un accidente turístico.

De los más de cincuenta mil que cruzaron, la mayoría ya ha vuelto al otro lado, como si Ceuta fuera un restaurante caro donde solo te dejan entrar para ver el menú y luego te echan. Quedan entre dos mil quinientos y cinco mil, según quién cuente. Los que se quedaron duermen entre almacenes con más moho que una nevera abandonada en agosto. Los baños, según cuentan, parecen el decorado de una película de terror low-cost.

Save the Children avisó de que hay alrededor de mil menores metidos en un sistema que solo tiene plazas para menos de cien. Es como intentar meter mil sardinas en una lata de anchoas: algo tiene que reventar.

Las autoridades españolas siguen contando cadáveres. Van setenta y dos. Identificarlos es un rompecabezas porque muchos no llevaban documentación, como si alguien les hubiera dicho que en Ceuta te dan la nacionalidad solo por llegar sin DNI.

Algunos analistas susurran que esto no fue una migración espontánea, sino más bien un “te recuerdo quién manda en la frontera” enviado desde Rabat. España, que últimamente se ha hecho amiga de Argelia, parece haber tocado la fibra sensible del vecino.

Mientras tanto, los ministros de Interior de la Unión Europea se van a juntar por videollamada, probablemente para decirse mutuamente que la situación es “preocupante” y luego seguir con sus cafés como si nada.

Resumen del día: soberanía incuestionable, baños cuestionables, y un montón de gente atrapada en medio de una discusión que dura desde 1956. Bienvenidos a la comedia absurda del Estrecho.

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