Como dos compadres que se deben dinero pero tienen que sonreír en la boda de un sobrino, Donald Trump y Xi Jinping se vieron las caras para darse un respiro. Acordaron patear el balón de su guerra comercial hasta el 10 de enero, dándose una tregua que suena más a una pausa para tomar aire que a una reconciliación. Los mercados, mientras tanto, observan este circo con un ojo en la foto del apretón de manos y el otro en la cartera, no vaya a ser que el amor se acabe antes de lo previsto.
Para que la cosa no se viera tan forzada, pusieron sobre la mesa la posibilidad de perdonarse aranceles por hasta 30.000 millones de dólares en productos. China, en un gesto de buena voluntad o de hambre insaciable, ha estado comprando soya estadounidense como si no hubiera un mañana. Los de Boeing y General Electric, por su parte, están con los dedos cruzados esperando que les caiga algún pedido de aviones, como quien espera el milagro de Navidad.
Pero el verdadero as bajo la manga lo tiene China con las llamadas «tierras raras», esos minerales que suenan a ingrediente de poción mágica y que son vitales para el 4% del PIB estadounidense, o sea, unos 1,2 billones de dólares. Washington necesita esos insumos para fabricar desde chips hasta misiles, así que por mucho que Trump quiera hacerse el rudo, sabe que no puede apretar demasiado la soga sin ahorcarse a sí mismo.
En un giro digno de una comedia de enredos, ambos líderes también acordaron cooperar en los riesgos de la inteligencia artificial. Básicamente, se comprometieron a avisarse si a alguna de sus creaciones se le zafa un tornillo y decide que la humanidad es prescindible. Todo esto mientras, por debajo de la mesa, siguen compitiendo a muerte por ver quién desarrolla primero el cerebro electrónico más potente del planeta.
Y como en toda reunión familiar incómoda, está el tema del que nadie quiere hablar en voz alta pero que apesta en la habitación: Taiwán. La isla es el punto donde la diplomacia se va de vacaciones y las tensiones militares toman el control. Cualquier palabra mal dicha sobre este asunto puede hacer que toda la tregua y los acuerdos sobre la soya se vayan directamente al caño.
Al final, la foto es lo de menos; lo que realmente importa es cómo reacciona el dinero, ese cobarde que huye al primer grito. Los inversores no le quitan el ojo de encima al yuan chino, a las acciones de empresas tecnológicas y a los precios de los minerales. Porque en esta telenovela económica, cada capítulo puede terminar con un giro inesperado que deja a más de uno necesitando un antiácido.


