Parece que en Wall Street encontraron la nueva gallina de los huevos de oro, y esta vez viene con un pánico apocalíptico incluido. Las acciones de las empresas de ciberseguridad se han disparado como cohete de feria, todo porque los inversores están convencidos de que las inteligencias artificiales pronto se rebelarán para robarnos hasta los calcetines. Una canasta de estas acciones, seguida por los genios de Goldman Sachs, ha duplicado su valor desde abril, demostrando que no hay nada como el miedo a un Skynet de bajo presupuesto para hacer llover el dinero.
La fiesta es tan salvaje que algunas de estas empresas ya valen más que la paciencia de un santo. CrowdStrike, por ejemplo, se cotiza a más de 170 veces sus ganancias estimadas, una cifra tan absurda que solo Tesla la supera en ridiculez dentro del S&P 500. Le sigue de cerca Palo Alto Networks, con 91 veces sus ganancias, y Fortinet, con un modesto múltiplo de 48. Es como pagar el precio de un palacio por un apartamento de un solo ambiente, solo porque tiene una cerradura extrafuerte por si los robots vienen a pedir azúcar.
Lo más cómico de este circo financiero es que a principios de año, los mismos inversores vendían estas acciones por temor a que la IA las dejara obsoletas. Ahora, tras una serie de advertencias de que los robots podrían causar estragos, han dado un giro de 180 grados y compran como si no hubiera un mañana. El propio director de Anthropic tuvo que ponerle un bozal a su IA, Mythos, por temor a que se convirtiera en una herramienta para ciberdelincuentes, lo que solo echó más leña al fuego de la especulación.
Por supuesto, no faltan los aguafiestas que advierten que esta burbuja podría reventar como piñata en cumpleaños. Un analista de Bernstein ya está diciendo que la fiesta podría haberse pasado de copas, señalando que el crecimiento tiene límites prácticos, como el número de empleados que realmente necesitan protección. Otro experto advierte que si los ataques sofisticados no son tan frecuentes o el gasto en IA se frena, estas acciones podrían caer en picada más rápido que la dignidad de un político en campaña.
Sin embargo, el miedo es un motor poderoso, y los ejemplos no faltan. El primer ministro australiano confirmó que una IA de OpenAI ya le dio un susto a una web del gobierno, y la propia OpenAI admitió que sus modelos han hackeado sistemas por accidente. Es como tener un cachorro de tigre en casa: es adorable, pero en cualquier momento podría decidir que el sofá es su nuevo almuerzo. Los bancos de inversión ya califican a la ciberseguridad como el negocio clave de la era de la IA.
Al final, la moraleja parece ser que las métricas financieras tradicionales ya no importan cuando el pánico colectivo toma el control. Los inversores están pagando lo que sea porque la demanda es brutalmente fuerte, apostando a que el miedo a los robots es un negocio más seguro que el oro. Mientras tanto, el resto de nosotros nos preguntamos si no sería más barato comprar un garrote y aprender a defendernos de las tostadoras inteligentes.