Tras una maratónica carrera de 15 años al frente de Apple, donde nos trajo maravillas como el Apple Watch y los AirPods, Tim Cook ha decidido colgar los tenis de Director Ejecutivo. Pero no se preocupen, no se va a un retiro espiritual para encontrar su yo interior, sino que se muda a una oficina contigua. En su último día, envió un correo a toda la empresa para anunciar que se retira de un puesto que “amó profundamente”, pero que no se va a ningún lado.
Para conmemorar la ocasión, Cook redactó un correo electrónico tan emotivo que probablemente hizo llorar al robot de la limpieza. En la misiva, asegura que va a extrañar el trabajo “de maneras que apenas puedo imaginar”, aunque afirma estar “completamente tranquilo” con su decisión. Es la versión corporativa del clásico “no eres tú, soy yo”, pero sin la parte de bloquearse en las redes sociales, porque seguirá viendo a todos en la cafetería.
El timón del barco, o más bien, del yate de lujo con acabados de titanio, se lo cede a John Ternus. Cook no escatimó en flores para su sucesor, afirmando que “pocas personas comprenden lo que se necesita para crear productos que cambien el mundo como lo hace John”. Básicamente, le entregó las llaves del reino y una palmada en la espalda, deseándole suerte para no arruinar la racha y tener que vender iPhones a mitad de precio.
Y, ¿cuál es el nuevo y emocionante capítulo en la vida de Cook? Pues se convierte en Presidente Ejecutivo, un cargo que suena muy importante pero que en la práctica significa que será el encargado de las relaciones públicas con los gobiernos de Estados Unidos y China. En resumen, ha pasado de presentar aparatos nuevos en un escenario con luces de concierto a tener que tomar café con políticos, una tarea probablemente más difícil que explicarle a tu abuela cómo usar el iPad.
Así que, en su último día, Cook se despide de un puesto que amó “profundamente” para asumir otro en la misma compañía, a pocos metros de distancia. En su correo, promete a los empleados que estará “siempre a su disposición”, lo que suena menos a una despedida y más a una amenaza velada de que estará vigilando desde su nueva oficina con binoculares para asegurarse de que nadie toque el termostato.





