Tras dos décadas de lloriqueos y súplicas para cerrar un acuerdo comercial con la Unión Europea, el bloque del Mercosur finalmente consiguió lo que quería. El problema es que ahora se dieron cuenta de que el regalo venía con sorpresa, como un Caballo de Troya relleno de quesos apestosos, vinos sofisticados y una competencia más feroz que suegra enojada. Las industrias sudamericanas, acostumbradas a vivir en una burbuja de proteccionismo, están sintiendo el pánico de quien se da cuenta de que invitó a su casa al campeón mundial de póker.
El drama principal se vive en la sección de lácteos, donde el pánico es más espeso que el yogur griego. Los productores de queso, por ejemplo, tendrán que dejar de usar nombres tan glamorosos como «Grana Padano», porque los europeos tienen el derecho de autor. Ahora tendrán que rebautizar su producto, quizás como “Gran Quesote del Sur” o “Cosa Dura Italiana de Imitación”. Un directivo brasileño ya admitió que su versión del famoso queso italiano se encontrará en “clara desventaja”.
Aparentemente, los negociadores del Mercosur, en un ataque de optimismo digno de quien compra un boleto de lotería, se enfocaron solo en las ventajas de exportar para venderle la idea a todo el mundo. Se les olvidó mencionar la letra pequeña, esa que advertía sobre la avalancha de productos europeos que inundarían sus mercados. Ahora, los productores que se sienten como el último elegido en el equipo de fútbol, amenazan con complicarles la fiesta.
Por un lado, los defensores del pacto, como el presidente brasileño Lula da Silva, lo celebran como una victoria contra el caos comercial mundial, casi como si hubieran ganado la Copa del Mundo de la diplomacia. Pero por otro, los críticos se quejan de que el acuerdo solo consolida a Sudamérica como la granja del mundo, beneficiando a los gigantes de la agroindustria mientras los pequeños productores familiares se preparan para competir contra un Goliat con denominación de origen.
Para colmo, los cuatro países del Mercosur ya andan a los manotazos por debajo de la mesa para ver quién se queda con las rebanadas del pastel, peleando por las cuotas de exportación de miel y arroz. La última esperanza para algunos es contraatacar vendiéndoles dulce de leche a los europeos, un plan tan audaz como intentar venderle hielo a un esquimal. Habrá que ver si los consumidores europeos cambian su Nutella por un buen tarro de cajeta.





