Donald Trump, en una movida digna de un vendedor de autos usados, ha insinuado que podría cambiar la postura de Estados Unidos sobre las Islas Malvinas. El magnate dejó caer la posibilidad con la misma naturalidad con la que uno decide qué pedir para cenar, dejando en claro que la lealtad histórica es negociable si hay dinero de por medio. La diplomacia se convierte así en una especie de casa de empeños donde hasta las alianzas más antiguas tienen un precio.
La genialidad del plan no es por un repentino interés en la geografía del Atlántico Sur, sino para apretarle las tuercas al Reino Unido. Al parecer, Trump está usando el reclamo argentino como una herramienta de presión para que Londres aumente su gasto militar y cumpla con las metas de la OTAN. Consultado sobre el tema, respondió con la sutileza de un martillo: “Siempre reviso todas las posiciones. Esa es apenas una entre muchas”.
Hasta ahora, la política de Washington había sido tan neutral como un suizo en una pelea de bar: reconocía que el Reino Unido administraba las islas, pero no se metía en la pelea de quién era el verdadero dueño. Era una postura cómoda y aburrida que permitía a todos seguir con sus vidas. Pero Trump parece haber decidido que la neutralidad no paga las facturas, y menos las de defensa.
Esta no es la primera vez que la idea sale a pasear por los pasillos del poder. Anteriormente, se había filtrado un correo electrónico del Pentágono que sugería la misma estrategia como castigo a los aliados que no apoyaban lo suficiente a Estados Unidos. En aquel entonces, el secretario de Estado, Marco Rubio, intentó apagar el fuego diciendo que era “tan solo un correo electrónico”, como si estuvieran discutiendo dónde pedir pizza y no redibujando alianzas geopolíticas.
Mientras en Londres probablemente se atragantaron con el té de las cinco, en Argentina la noticia genera una mezcla de esperanza y pánico, como cuando un ex tóxico te llama de madrugada. Con la estrecha relación entre Trump y el presidente Javier Milei, nadie sabe si esto terminará en un apoyo histórico o en otra de las tormentas pasajeras del magnate. El único hecho seguro es que, en la política internacional actual, todo está a la venta.





