Parece que el plan de austeridad del presidente Javier Milei, que era más estricto que dieta de lechuga y agua, se topó con un pequeño detalle llamado realidad. Después de dos años de apretarle el cinturón a todo el país hasta dejarlo sin aire, el gobierno se dio cuenta de que la gente está perdiendo la paciencia, los trabajos desaparecen y la popularidad del presi está más estancada que el tráfico en hora pico.
Así que, en un giro de guion más predecible que el final de una telenovela, han empezado a soltar la billetera. La cantidad de dinero en circulación aumentó un 5.4% en julio, más del doble que la inflación, y el peso se ha devaluado un 9.1% frente al dólar desde abril. Es la clásica movida de “ya no aguanto el hambre, tráiganme una hamburguesa doble con papas grandes” después de prometer comer sano por el resto de tu vida.
Lo más cómico es la justificación oficial. El jefe del banco central, Santiago Bausili, salió a decir con cara seria que la gente y las empresas «quieren más saldos de pesos». Mientras tanto, en el mundo real, el crédito se ha secado y el gasto de los consumidores es más débil que un café aguado, principalmente porque los salarios persiguen a la inflación como el Correcaminos al Coyote.
Claro que los economistas, que tienen el olfato para estas cosas, ya están arqueando una ceja. Temen que esta repentina generosidad no sea más que una invitación a que la inflación se despierte de su siesta o a que los argentinos salgan corriendo a cambiar sus nuevos pesos por los siempre confiables dólares, sobre todo con las elecciones de 2027 asomándose en el horizonte.
Incluso los que apoyaban a Milei con fervor le están advirtiendo que no se puede gobernar solo con una motosierra en la mano. Le han recordado que un obrero de una fábrica en Buenos Aires no se convierte en minero en otra provincia de la noche a la mañana solo porque el libre mercado lo dice. La gente, resulta, no se teletransporta tan fácilmente como las ideas económicas.
En resumen, el gobierno ahora camina por una cuerda floja, tratando de revivir a un paciente que casi mata de hambre, pero sin que le vuelva a dar la fiebre de la inflación. Un acto de malabarismo económico que tiene a todos comprando palomitas de maíz para ver cómo termina el espectáculo, porque una cosa es segura: aburrido no va a estar.




