El Tío Sam necesita plata y ofrece el interés más jugoso desde 2007

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El gobierno de Estados Unidos, en un movimiento que recuerda a un amigo pidiendo fiado para la renta, acaba de subastar 42 mil millones de dólares en bonos. Para convencer a la gente de que le prestaran semejante dineral, tuvieron que ofrecer un interés del 4.683%, el más alto desde 2007, justo antes de que al sistema financiero mundial le diera por autodestruirse. La demanda estuvo apenas por debajo de lo esperado, demostrando que los inversores se hicieron de rogar hasta el último minuto.

Los prestamistas, que no tienen un pelo de tontos, se pusieron sus moños y exigieron una buena tajada por financiar al gobierno. ¿La razón? El país tiene un déficit más grande que el ego de un director de cine, una inflación más pegajosa que un chicle en el zapato y una economía que, aunque crece, lo hace de forma un tanto caótica. Un experto en la materia básicamente dijo que con ese coctel de problemas, es más fácil que los cerdos vuelen a que los intereses bajen.

Para añadirle más drama a la telenovela, salió el último chisme de la inflación, que resultó ser tan emocionante como ver secar pintura. El dato no sorprendió a nadie, pero sirvió para que los apostadores del mercado bajaran un poco la probabilidad de que la Reserva Federal (la Fed) suba las tasas de interés en septiembre. Aún así, todos dan por hecho que antes de que acabe el año nos meterán un «ajuste» para controlar los precios.

Esta no-noticia provocó que la rentabilidad de los bonos a dos años se relajara un poquito, en un gesto de alivio momentáneo. Los analistas dicen que la Fed no tiene ninguna prisa por actuar de inmediato, lo que se traduce en que prefieren esperar a ver los próximos datos de empleo e inflación antes de apretar el botón del pánico. Básicamente, es una forma elegante de decir que van a seguir procrastinando su decisión.

Mientras tanto, la atención se centra en el próximo retiro espiritual para banqueros centrales en Jackson Hole, donde todos buscarán señales de humo sobre el futuro. Algunos inversores valientes ya están comprando bonos a largo plazo, apostando a que la inflación se calmará. Su lógica es un poco sombría: creen que los sueldos de la gente común están más estancados que el tráfico en hora pico, y eso, al final, frena la subida de precios.

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