Los ministros de Economía del G20, salvo el de China, acordaron que las naciones con superávits comerciales excesivos deben eliminar las distorsiones que las obligan a depender tanto de las exportaciones. La reunión en Asheville, Carolina del Norte, buscaba estimular el crecimiento y reducir los desequilibrios que afectan a otros países. El comunicado final dejó claro que las prácticas no basadas en el mercado agravan el problema.
El texto aprobado por diecinueve miembros insiste en que se deben evitar restricciones innecesarias a los envíos y corregir las políticas que limitan el consumo interno. China se negó a firmar algunos párrafos y quedó sola en su postura. Los demás vieron con buenos ojos la idea de que nadie se vuelva adicto a vender barato al extranjero.
La declaración conjunta se leyó como una regañada colectiva donde todos asienten menos el que sigue llenando el camión de mercancía. Los asistentes coincidieron en que los desequilibrios excesivos terminan afectando el crecimiento de los vecinos. Nadie mencionó nombres concretos, pero el mensaje apuntó directo al mismo lugar de siempre.
Los gobernadores de bancos centrales también participaron en las pláticas sobre cómo ordenar las cuentas sin que nadie se sienta señalado. La excepción china se notó desde el primer momento y nadie fingió sorpresa. El resto del grupo prefirió cerrar filas y dejar constancia por escrito de lo que ya pensaban en privado.
Al final la foto del G20 terminó pareciéndose a una cena familiar donde todos prometen comer menos frituras menos el tío que sigue pidiendo más platos para llevar. El superávit sigue intacto, las quejas también y el comunicado sirve de recordatorio de que el problema existe aunque uno de los presentes prefiera no verlo.





