Resulta que los iraníes se hartaron de los gritos yanquis y decidieron mandar un mensajito tan sutil como un ladrillazo en la nuca. El aviso venía envuelto en diplomacia barata, de esas que parecen cortesía pero huelen a amenaza de taberna a las tres de la madrugada.
El estrecho de Ormuz, esa tubería por donde pasa medio petróleo del planeta, se convirtió de pronto en el patio trasero donde Irán avisa: “Toca y te arrepentirás más que el que invita a cenar a la suegra dos domingos seguidos”. Washington se hizo el sordo, como siempre, mientras en Teherán se frotaban las manos imaginando barcos petroleros dando vueltas como peonzas borrachas.
La cosa escaló con ese estilo clásico de potencia regional que se cree el dueño del grifo mundial. Un día es un discurso inflamado, al siguiente un simulacro de cierre y al tercero ya están los mercados temblando como gelatinas en terremoto. Los estadounidenses responden con portaaviones y tuits bravucones, porque nada dice “somos adultos responsables” como mandar barcos enormes a mirarse feo frente a una costa.
Al final el mensaje quedó clarísimo: Ormuz no es un pasillo libre para que cualquiera pase silbando. Es más bien el cuello de botella donde Irán puede apretar cuando le da la gana y dejar al resto del mundo rascándose la cabeza preguntándose de dónde va a sacar gasolina para el coche. Una pelea de egos disfrazada de geopolítica, con el petróleo de rehén y el sentido común de vacaciones indefinidas.




