En el último capítulo de la telenovela económica que nadie pidió, Canadá se prepara para darle un guantazo con la cartera abierta a Estados Unidos. El primer ministro Mark Carney, cansado de las rabietas de su vecino del sur, decidió que la mejor defensa es un buen ataque arancelario. A partir de ahora, productos como el acero, las motocicletas y hasta los cosméticos gringos costarán un ojo de la cara, como si los fabricara una marca de lujo con ínfulas de artista.
Las negociaciones entre ambos países terminaron peor que una cena familiar en Navidad. Después de semanas de estira y afloja, donde parecía que por fin harían las paces, todo se fue al traste. Ahora cada gobierno le echa la culpa al otro, como niños de primaria peleando por un juguete roto. La diplomacia alcanzó su punto más bajo cuando un funcionario gringo comparó a Canadá con un «perrito llorón», demostrando que el nivel del debate es digno de un patio de recreo.
Fiel a su estilo, Donald Trump no usó canales diplomáticos, sino que se lanzó a las redes sociales como adolescente despechado. Amenazó con prohibir aviones canadienses, olvidando convenientemente que miles de piezas de esos aviones se fabrican en su propio país. Pero la joya de la corona fue su propuesta de cambiarle el nombre al lago Ontario por «lago América», un acto de soberbia geográfica tan absurdo que ni un villano de caricatura se atrevería a tanto.
Mientras tanto, en el frío norte, Carney se ha convertido en una especie de héroe nacional por plantarle cara al gigante. Con la calma de quien sabe que tiene la razón, criticó a Trump diciendo que su firma en los acuerdos estaba «escrita a lápiz», una forma elegante de llamarlo poco fiable. Sorprendentemente, casi tres cuartas partes de los canadienses aplauden su firmeza, demostrando que no hay nada como un enemigo común para unir al país.
Al final del día, esta guerra de aranceles es como una pelea de borrachos en una cristalería: todos salen perdiendo. Los expertos calculan que la economía canadiense se encogerá un 0,3%, lo que para el ciudadano de a pie significa que todo será un poco más caro. Mientras los líderes juegan a ver quién tiene los aranceles más grandes, la gente común se pregunta si su próxima rebanada de queso vendrá con un impuesto por orgullo nacional incluido.





