Parece que el Gobierno argentino se cansó del poliamor energético y ha decidido ponerle los puntos sobre las íes a las compañías petroleras. En una movida digna de un ultimátum de telenovela, el canciller Pablo Quirno les ha dicho que se acabó el jueguito de tener un pie en cada plato. Tienen que elegir: o invierten en el filete de lomo que es Vaca Muerta o se quedan con la aventura incierta en las Islas Malvinas.
La historia tiene su miga, porque resulta que ya existía una ley desde 2011 (la 26.659) que intentaba ser la suegra estricta del asunto, prohibiendo a las empresas que operaban en Malvinas meter sus narices en Argentina. El problema, según explicó Quirno con la paciencia de un maestro de primaria, es que en esa época Vaca Muerta era menos conocida que un cantante de un solo éxito. No había un verdadero premio por portarse bien, así que la amenaza era tan intimidante como un chihuahua con suéter.
Pero los tiempos han cambiado y Argentina ahora llega a las reuniones del G20 con la billetera gorda, presumiendo de superávit fiscal y energético como quien muestra las fotos de sus vacaciones en el Caribe. Este nuevo aire de suficiencia les permite cambiar las reglas. Ya no andan pidiendo prestado para el colectivo, ahora te dicen que si quieres subirte a su fiesta, tienes que dejar de coquetear con la competencia de las islas.
Para que quede claro que no están bromeando, el Gobierno ya le mandó un aviso a un universo de 180 compañías, una especie de correo masivo que dice «es hora de definir su situación sentimental con nosotros». Y para añadirle más drama al asunto, anunciaron la construcción de una base naval integrada en Tierra del Fuego, que vendría a ser como construir un gimnasio gigante en tu patio para que el vecino vea que te estás poniendo en forma y que la cosa va en serio.
Según el canciller, esta no es una medida «a la marchanta», sino una estrategia integrada y coordinada, el equivalente a una coreografía diplomática para que el mensaje resuene con fuerza. Así que las petroleras ahora tienen que tomar una decisión de vida o muerte corporativa: apostar por la seguridad y el potencial de Vaca Muerta, o seguir en un territorio disputado donde las reglas son tan claras como el pronóstico del tiempo en la Patagonia.





