Agárrense los calzones, porque el mandamás de la Reserva Federal, un tal Kevin Warsh, se subió a un podio en Jackson Hole y dio un discurso con menos alegría que una declaración de impuestos. El tipo básicamente dijo que la fiesta de la inflación se acabó y que él es el aguafiestas encargado de apagar la música. Como era de esperarse, el dólar escuchó esto, se infló como pavo real y salió a pasearse por el mercado como si fuera el dueño del barrio, dejando a las demás monedas con cara de susto.
El billete verde se puso tan sobrado que su índice de popularidad, el DXY, subió un modesto pero matón 0,12%. Mientras tanto, los bonos del Tesoro empezaron a sudar frío, como si les hubieran anunciado un examen sorpresa. Los apostadores del mercado financiero ahora le dan una probabilidad del 50% a que la Fed vuelva a subir las tasas, una apuesta tan segura como jugar a la ruleta rusa con una pistola de agua.
Warsh dejó claro que no se traga el cuento de que la inflación se está portando bien, afirmando que sigue más alta que la meta del 2%. Miró a los economistas con cara de “a mí no me engañan” y soltó la frasecita de manual: “Tenemos trabajo por hacer”. Esto, en el idioma de los que manejan el dinero, se traduce como “prepárense para que les duela el bolsillo un poco más, simples mortales”.
El efecto dominó en Latinoamérica fue inmediato, como cuando alguien grita “¡ahí viene la migra!” en una fiesta. El peso colombiano fue el primero en tropezar, cayendo un doloroso 1,57% como si se hubiera resbalado con una cáscara de plátano. Le siguieron de cerca el real brasileño y el peso chileno, mientras que el peso mexicano y el sol peruano también se echaron a correr. Los únicos que se hicieron los valientes fueron el guaraní paraguayo y el peso argentino, que avanzaron un poquito, probablemente por pura rebeldía.
Por supuesto, no faltaron los analistas escépticos, esos que ven el partido desde la tribuna comiendo palomitas. Tipos como George Goncalves, de MUFG, básicamente dijeron que Warsh puede hablar todo lo rudo que quiera, pero que si no respalda sus amenazas con acciones, su credibilidad durará menos que un subsidio del gobierno. Según él, si la Fed no empieza a subir las tasas de verdad, el mercado se va a reír de sus discursos.
Así que, mientras el dólar presume sus músculos recién adquiridos, el resto del mundo espera para ver si el jefe de la Fed es puro ladrido o si de verdad va a morder. Por ahora, las monedas latinoamericanas están escondidas debajo de la cama, esperando que el monstruo se vaya. Para el resto de nosotros, solo queda revisar la cartera y preguntarnos si el aguacate volverá a ser un lujo para ocasiones especiales.














