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Trump suelta a los ganaderos para que descuartizen sus vacas sin intermediarios

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Resulta que Donald Trump se hartó del club de los cuatro gigantes de la carne y decidió soltar la rienda a los ganaderos como quien le quita la correa al perro en el parque. Según él, Cargill, Tyson Foods, JBS USA y National Beef Packing Co forman un monopolio tan apretado que controlan el 85 % del mercado y tienen a los productores más apretados que cinturón después de la comida de Navidad.

El presidente salió a redes a defender a esos ranchers que, dice, trabajan como burros, son listos, eficaces y más limpios que cocina de suegra el día de la visita. Llevan años sufriendo lo que él llama un “sucio monopolio” que les amarga la vida con más ganas que vecino ruidoso en madrugada de domingo. El año pasado hasta el Departamento de Justicia olfateó si el cuarteto estaba inflando precios al consumidor como quien le echa aire al globo antes de la fiesta.

Para romper el hechizo, Trump prometió firmar los papeles mágicos que permitan a los ganaderos procesar ellos mismos la carne de sus animales. Ni plazos claros ni fecha de estreno, solo la promesa de que todo se resuelva “rápido”, esa palabra que en política suele durar más que cola en el banco el día de cobro. Traducción libre: los dueños del ganado podrán pasar de vender la vaca en pie a convertirla en filetes, chorizos y lo que se les antoje sin pasar por la caja registradora de los cuatro grandes.

Así que prepárense para el posible nacimiento de carnicerías de patio trasero con sello presidencial. Si el plan cuaja, el monopolio se quedará mirando como invitado que llegó tarde al pastel. Moral de la historia para adultos: cuando cuatro empresas se reparten el asado como si fuera herencia familiar, a veces llega un vaquero con corbata y dice que cada quien mate y empaquete lo suyo.

Francia multa con nueve euros cada vaquero barato de Shein y Temu

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Resulta que Francia se hartó de la ropa que llega más rápido que pizza a domicilio y dura menos que resolución de Año Nuevo. A partir del 1 de septiembre, plataformas de moda ultrarrápida como Shein y Temu tendrán que pagar 9 euros de penalización por cada pantalón vaquero que vendan en el país. Como si el gobierno les cobrara peaje por cada prenda que pasa directo del estante al cubo de basura.

La ley, aprobada en junio, busca frenar el desastre ambiental de este modelo que fabrica ropa con la misma prisa con que uno se come un taco en la calle. Eso sí, protege a las europeas y francesas tipo Zara o Kiabi, que se salvan del castigo como el hijo consentido que nunca lava los platos. El resto, sobre todo las asiáticas, pagarán según una puntuación ecológica de cada producto. Y la multa irá subiendo como renta de departamento: hasta 19,50 euros por prenda en 2030, sin pasarse del 50 % del precio sin impuestos.

Los ejemplos son de antología: medio euro por bóxer o calcetines flojos, 2 euros por camiseta, 9 por vaqueros y 12 por abrigo. El ministro Mathieu Lefèvre salió a presumir que Francia es “pionera en Europa” contra el modelo de usar y tirar. El dinero de las multas, dicen, servirá para premiar a las marcas más “virtuosas”, esas que todavía fingen que la ropa no se desintegra al segundo lavado.

Por ahora nadie sabe si el consumidor francés verá los precios inflados como globo en feria o si las plataformas absorberán el golpe. China ya gruñó y amenazó con represalias, llamando a la ley “discriminatoria”, como cuando el cuñado te acusa de favoritismo porque no le prestaste el coche.

Así que prepárense para vaqueros con recargo ecológico y discusiones de sobremesa sobre si la moda barata vale la pena o solo llena el armario de arrepentimientos. Moral de la historia para adultos: cuando la ropa cuesta menos que el envío y contamina más que escape de camión viejo, a veces llega un gobierno con calculadora y decide que hasta el pantalón más barato tiene que pagar su penitencia.

Haakon VIII hereda el trono noruego y el eslogan de toda la familia

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Resulta que Noruega se quedó sin rey de la noche a la mañana y el príncipe heredero Haakon no perdió el tiempo: se puso la corona más rápido que invitado que llega primero al buffet libre. El palacio real lo anunció por Instagram como quien sube la foto del domingo en familia, y el hombre ya responde al nombre de rey Haakon VIII, tal y como casi todo el mundo esperaba.

El anterior monarca, Harald V, falleció de madrugada tras más de diez días hospitalizado. Su hijo pasó de príncipe a rey sin ni siquiera tiempo de ensayar el discurso. Para no romper la tradición, eligió el lema “Todo por Noruega”, el mismo que usaron su padre, su abuelo y su bisabuelo desde que la monarquía moderna arrancó en 1905. Como esas familias que se pasan la misma receta de guiso de generación en generación y nadie se atreve a cambiar ni la pizca de sal.

En la Edad Media ya hubo seis reyes llamados Haakon, así que el número VIII suena a continuación lógica de serie larga. Cuando refundaron la monarquía en 1905, el primero de la etapa moderna se bautizó Haakon VII y aquí estamos, sumando romanos como quien lleva la cuenta de los tíos en la reunión navideña.

Así que Noruega estrena monarca con nombre de secuela y lema de heredad. Nada de inventos raros ni frases motivacionales de poster barato: todo queda en casa, limpio y predecible. Moral de la historia para adultos: cuando te toca el trono, a veces lo más revolucionario es copiar el eslogan del abuelo y seguir adelante como si el reino fuera un negocio familiar que no admite socios externos.

Jersón ruega evacuar antes de quedarse sin luz ni calefacción

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Las autoridades de Jersón, en el sur de Ucrania, salieron a rogarles a los vecinos que empaquen y se larguen porque los bombardeos rusos se pusieron en modo “no voy a dejar ni el termo en pie”. El gobernador Oleksander Prokudin, con tono de quien ya vio demasiadas noches de explosiones, escribió en Telegram que si tienen chance, sobre todo familias con niños y personas mayores, se vayan de una vez. La ciudad, que antes de la invasión de 2022 tenía unos 280.000 habitantes, atraviesa una situación tan fea que hasta el invierno parece estar haciendo fila para mudarse sin avisar.

Anoche las fuerzas rusas le volvieron a dar con bombas planeadoras a la central de calefacción urbana y la dejaron hecha un cuadro de daños graves. Como si no bastara con el ruido y el miedo, ahora el fantasma de quedarse sin electricidad ni calefacción por un buen rato se pasea por las calles. Prokudin contó que Rusia subió la apuesta con drones a reacción y bombas aéreas guiadas, y soltó la frase que nadie quería oír: en ninguna región del país hay por ahora forma de tumbar esos inventos. Traducción libre: el cielo se volvió una lotería de mala leche.

Mientras tanto, rusos y ucranianos llevan meses tirándose misiles de largo alcance como quien se pelea tirando piedras al techo del vecino, cada vez más enfocados en depósitos, instalaciones petroleras y puertos. Jersón ya estuvo bajo control ruso de marzo a noviembre de 2022; ahora los atacantes están del otro lado del Dniéper y la castigan con regularidad de reloj despertador odioso.

Al final, el pedido del gobernador suena a esa advertencia de tío desesperado en asado familiar: “Si pueden irse, váyanse, no esperen a que se congele el café en la taza”. Porque entre drones que nadie puede bajar y una caldera hecha trizas, quedarse a pasar el frío parece menos heroicidad y más invitación a que el termómetro te gane la pelea.

Warsh llega a Jackson Hole sin ganas de soltar prenda sobre las tasas de interés

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Analistas de Oxford Economics y Natixis esperan que el discurso de Kevin Warsh en el simposio ofrezca alguna pista sobre cómo piensa comunicarse con los mercados, algo que ha recibido críticas desde que llegó a la presidencia de la Reserva Federal. Nadie apuesta a que revele el rumbo de la política monetaria a corto plazo, porque el propio Warsh ya dejó claro que no le gusta adelantar decisiones del Comité Federal de Mercado Abierto. En su rueda de prensa de julio incluso admitió que todavía no había decidido qué iba a decir en Wyoming.

La tradición de Jackson Hole lleva cuarenta y nueve años y en más de una ocasión ha servido para anunciar giros importantes, como cuando Ben Bernanke abrió la puerta al tapering en dos mil trece. Esta vez el tema oficial es la innovación financiera y sus efectos en los pagos y las políticas económicas, aunque lo que más interesa es saber cómo evolucionará el balance de la Fed y en qué se diferencia de las recompras de bonos que hace el Departamento del Tesoro.

Jack Janasiewicz, de Natixis, considera que Warsh podría explicar con más detalle su estilo de comunicación, que sigue generando dudas entre los inversionistas. Los analistas de Oxford Economics, por su parte, esperan que algún banquero central aborde en serio los cambios en la reducción o expansión del balance y cómo eso choca con las decisiones del Tesoro.

Mientras tanto, otros presidentes de bancos regionales no disimularon su preocupación por la inflación. Jeffrey Schmid, de Kansas City, dijo que los precios siguen siendo tercos y que la tasa actual entre tres coma cincuenta y tres coma setenta y cinco por ciento no parece restrictiva. Beth Hammack y Austan Goolsbee coincidieron en que el mayor temor sigue siendo que la inflación no termine de controlarse.

El encuentro de dos días arranca hoy y promete más preguntas que respuestas claras. Warsh ya avisó que no va a regalar adelantos sobre lo que hará el comité, así que el público tendrá que conformarse con reflexiones sobre comunicación y balances mientras la inflación sigue sin dar tregua. Al final, la reunión de siempre termina pareciendo una terapia grupal donde nadie quiere ser el primero en confesar que las tasas están demasiado bajas.

El banquero de la Reserva Federal avisa que habrá que subir tasas si la inflación no se calma

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Kevin Warsh soltó en Wyoming que el banco central tendrá faena extra si la inflación subyacente no baja al dos por ciento con claridad. El tipo reconoció que las condiciones financieras actuales parecen demasiado sueltas y que podrían hacer falta alzas de tasas para apretar el cinturón de los precios. Según sus palabras, si la cosa no avanza rápido y sin rodeos, toca ponerse las pilas porque ese es su mandato y su responsabilidad.

El discurso duró dieciséis páginas y tocó temas lejanos como la inteligencia artificial, pero lo que más dolió fue la parte de las tasas a corto plazo como única herramienta útil ahora mismo. Warsh dejó claro que los grupos de trabajo que estudian el futuro entregarán sus ideas después y que eso no cambia las decisiones de hoy. También pidió señales del mercado lo más directas posible, sin filtros ni rodeos de última hora.

Los datos que más le preocupan son los del índice de gastos de consumo personal, que llegó al tres coma siete por ciento anual en julio. Casi la mitad de los artículos de esa cesta siguen subiendo por encima del tres por ciento cada año, una cifra que sigue lejos de la normalidad previa a la pandemia. Warsh dijo que los avances de los últimos dos años han sido modestos y que las tendencias subyacentes no han mejorado de forma notable.

El público adulto que sigue estas reuniones ya sabe que Jackson Hole suele ser el lugar donde los banqueros sueltan verdades incómodas antes de que los mercados se pongan nerviosos. Esta vez el mensaje fue directo: si la inflación no coopera, el trabajo sucio de subir tasas sigue sobre la mesa. Nadie salió de allí con la sensación de que todo está bajo control.

Al final, el remate quedó claro para quien quiera entenderlo: la Reserva Federal no va a quedarse mirando cómo los precios se ríen de su objetivo del dos por ciento. Si hace falta apretar, apretarán, aunque eso signifique que más de un bolsillo note el tirón. El humor negro de la jornada fue que, después de tanto rodeo, el recado principal cupo en una frase: o la inflación se porta o hay trabajo por hacer.

BYD saca pecho con sus ganancias, demostrando que es candil de la calle y oscuridad de su casa

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El gigante chino de los autos eléctricos, BYD, finalmente respira aliviado después de cinco trimestres de ver sus ganancias caer en picada. La compañía anunció un aumento del 30% en su beneficio neto, alcanzando los 8.200 millones de yuanes. ¿El secreto de su éxito? Aparentemente, darse cuenta de que vender coches fuera de China es como ir a terapia: un escape necesario del caos familiar que tienen en su propio mercado, donde la competencia es más sangrienta que el final de una película de Tarantino.

Y es que en China, el panorama automotriz parece una batalla campal en un estacionamiento. La competencia con rivales como Xiaomi y Xpeng ha desatado una guerra de precios tan agresiva que los descuentos vuelan por todas partes. Como resultado, las ventas totales de vehículos en el país se desplomaron un 21% el mes pasado. Mientras tanto, el gobierno chino les ha echado el ojo, prometiendo revisar que no estén sacando modelos nuevos más rápido que memes de internet a costa de la seguridad.

A pesar de la sonrisita por las ganancias, los números de ventas de BYD cuentan una historia menos alegre. En los primeros seis meses del año vendieron 1,81 millones de coches, lo que los deja más lejos de su meta anual de 5 a 5,5 millones que un político de cumplir sus promesas. Para alcanzar ese objetivo, necesitarían que la segunda mitad del año sea tan milagrosa como encontrar un billete de quinientos tirado en la calle.

Por suerte para ellos, los mercados internacionales han sido su salvavidas, su bote inflable en medio del naufragio. Las exportaciones de vehículos de pasajeros chinos se dispararon un impresionante 88% el mes pasado. Mientras en su país se pelean por las migajas del pastel, en el extranjero los reciben como a parientes lejanos que llegan con regalos, especialmente en Sudamérica y Europa, donde sus modelos más caros se venden como pan caliente.

Pero no todo es un paseo por el parque en su gira mundial. La Unión Europea ya está afilando los cuchillos para imponerles nuevos aranceles a sus vehículos híbridos. Además, su nueva fábrica en Hungría tiene más problemas que un adolescente en crisis, con acusaciones de abusos laborales y un retraso de casi un año. Y para colmo, están intentando meterse en el mercado japonés, un hueso tan duro de roer que hasta General Motors tiró la toalla hace años.

En definitiva, BYD está demostrando que a veces, la mejor estrategia para lidiar con los problemas en casa es simplemente no estar en casa. Mientras las exportaciones sigan fluyendo y la gente en otros continentes siga comprando sus autos, podrán seguir sonriendo para la foto y fingiendo que la situación en su propio patio trasero no es un completo desastre.

Wall Street está más ansioso que un chihuahua con cafeína por un discurso que podría ser un somnífero

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Toda la gente de Wall Street está con los nervios de punta, esperando las palabras del nuevo mandamás de la Reserva Federal, Kevin Warsh, como si fuera el último capítulo de una serie de suspenso. El gran evento es en Jackson Hole, un lugar que suena más a rancho de vaqueros que a centro de poder económico. La expectativa es máxima, aunque la historia sugiere que estos discursos suelen tener la misma emoción que ver secar la pintura.

La historia, esa gran aguafiestas, nos dice que normalmente el mercado reacciona a este evento con un bostezo colectivo. Desde el año 2000, el índice S&P 500 apenas se ha movido un promedio de 0,4% en la semana siguiente al fiestón. Es más, los que apuestan a futuro están tan poco entusiasmados que anticipan menos movimiento que en una partida de ajedrez por correo.

Claro que en Wall Street decir «esta vez no será diferente» es tan peligroso como decirle a tu pareja que esa ropa le queda «cómoda». El principal problema es que Warsh ha decidido jugar al misterioso, rompiendo con la tradición de sus antecesores de dar pistas sobre los futuros movimientos de las tasas de interés. Es como si el capitán del barco anunciara por el altavoz: «Llegaremos a un puerto… eventualmente. No pregunten más».

Este silencio deja a los operadores con más dudas que un filósofo en una tienda de electrodomésticos, y el riesgo de que malinterpreten sus palabras es altísimo. Todos recuerdan con pavor el discurso de 2022, cuando el entonces jefe Jerome Powell aprovechó el micrófono para advertir que la lucha contra la inflación traería «sufrimiento». Ese día, el S&P 500 se desplomó un 3,4%, demostrando que a veces el aburrido simposio sí trae fuegos artificiales, aunque sea para quemar tu dinero.

Por ahora, el mercado está más tranquilo que un balneario en invierno, con una volatilidad por los suelos y más de 21 días sin una caída decente. Esta calma chicha tiene a todos preguntándose si el discurso de Warsh será una palmadita en la espalda o un cubetazo de agua fría. Los analistas apuestan a que no dirá nada relevante, pero nadie se atreve a ir al baño por si acaso.

Venezuela amenaza con pedirle el divorcio a la OPEP, que ya se tambalea como mesa chueca

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La Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), ese club exclusivo de los mandamases del crudo, parece estar viviendo una crisis de los sesenta… años. Resulta que Venezuela, uno de los abuelos fundadores, está pensando seriamente en tomar sus corotos y largarse, todo para coquetear con Estados Unidos. El impacto inmediato en el suministro de petróleo sería tan relevante como la opinión de tu suegra sobre tus finanzas, pero el chisme y el drama son de primera categoría.

Este no es un berrinche aislado, sino el último capítulo de una telenovela corporativa. Viene justo después de que los Emiratos Árabes Unidos agarraran sus maletas y se fueran, y mientras Irak pone cara de pocos amigos en las reuniones. Si esto sigue así, la OPEP podría pasar de ser un cartel temido a un grupo de WhatsApp donde todos se dejan en visto. El mayor miedo es que terminen peleándose por clientes como dos taquerías en la misma esquina, desatando una guerra de precios que nos dejaría a todos llorando en la gasolinera.

Sin la OPEP actuando como el adulto responsable del mercado, los precios del petróleo quedarían más descontrolados que un adolescente con tarjeta de crédito. La organización, que solía ser el gorila de 800 libras del sector energético, ha visto cómo le comen el mandado nuevos jugadores como Estados Unidos, Brasil y Guyana. Básicamente, su influencia se ha ido encogiendo como un suéter de lana en la secadora, mientras otros países se reparten el pastel.

Lo más irónico del asunto es que Venezuela fue uno de los cinco cerebritos que crearon este club en 1960, gracias a un tal Juan Pablo Pérez Alfonzo que no paró hasta lograrlo. Que ahora se quieran ir es como si el abuelo que fundó el negocio familiar de repente decidiera irse a trabajar con la competencia. Si Caracas concreta su huida, la OPEP perdería, junto con los Emiratos, una capacidad de producción combinada de más de 5 millones de barriles diarios, lo que representa un jugoso 17% del total que tenían a principios de año.

Según los que saben, la OPEP está librando una batalla perdida contra los nuevos vientos de la geopolítica. Estados Unidos está ganando más influencia del lado de la oferta que un *influencer* con un nuevo reto viral, mientras que China maneja los hilos de la demanda como un titiritero experto. El control del grupo sobre el mercado global se está debilitando más rápido que la señal del wifi en el último cuarto de la casa.

En resumen, el que una vez fue el club más temido del patio de recreo energético, ahora parece una reunión de condominio donde nadie se pone de acuerdo y varios amenazan con mudarse. Prepárense para un periodo de volatilidad que podría redefinir si la OPEP seguirá siendo el rey de la colina o si terminará como una reliquia de museo, justo al lado de los teléfonos de disco y la paciencia de la gente.

Wall Street tiembla como gelatina porque el nuevo jefe de la Fed es un aguafiestas profesional

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Parece que la fiesta en Wall Street llegó a su fin y el encargado de apagar la música es un tal Kevin Warsh, el nuevo mandamás de la Reserva Federal. En su discurso de debut en Jackson Hole, el tipo básicamente se paró frente a los mercados financieros y les dijo que se acabó el recreo. Como resultado, los índices bursátiles se pusieron más nerviosos que un gato en un cuarto lleno de mecedoras, con caídas mínimas pero simbólicas del S&P 500 (-0,03%), el Nasdaq (-0,21%) y el Dow Jones (-0,07%).

El mensaje de Warsh fue tan sutil como una patada en la espinilla: la inflación sigue demasiado alta y él está dispuesto a hacer lo que sea para bajarla, aunque eso signifique aguarle la celebración a todo el mundo. Dejó claro que la meta del 2% es más sagrada que el último pedazo de pizza en una reunión de amigos. Y para que no quedaran dudas, soltó un «tenemos trabajo por hacer» que sonó a amenaza de mamá enojada cuando ve tu cuarto desordenado.

Lo más irónico es que Warsh justificó su cara de pocos amigos diciendo que la economía está demasiado bien. Al parecer, que la gente gaste un 2% más y que las empresas inviertan un 9% más es motivo de preocupación, como si el éxito fuera una enfermedad contagiosa. Mencionó que gran parte de esa inversión se debe a la inteligencia artificial, lo que significa que pronto las máquinas no solo nos quitarán el trabajo, sino que también tendrán la culpa de que nos suban los intereses.

La reacción del mercado fue inmediata y predecible. El dólar se infló como si hubiera ido al gimnasio toda la semana, mientras que el oro, el refugio de los asustadizos, perdió su brillo y cayó a unos 4.571 dólares por onza. Los bonos del Tesoro a dos años también sintieron el pánico, y su rendimiento subió a 4,27%, señal de que los inversionistas ya están apostando a que el dinero costará más caro en el futuro cercano.

Para rematar, el nuevo jefe anunció un cambio de estilo: la Fed ahora será más «silenciosa y deliberada». En otras palabras, dejarán de dar tantas pistas sobre sus próximos movimientos, obligando a los analistas a leer las hojas de té o consultar a un adivino para saber qué demonios va a pasar. Esto es como si tu pareja te dijera «tenemos que hablar» y luego se quedara en silencio por tres semanas.

Así que, en resumen, el nuevo sheriff ha llegado a la ciudad y no parece tener intención de hacer amigos. Su discurso dejó claro que la era del dinero fácil y los préstamos baratos podría estar llegando a su fin. Para los simples mortales, esto significa que es momento de empezar a guardar los centavos debajo del colchón, porque todo indica que las cosas se van a poner más caras.