Resulta que Donald Trump se hartó del club de los cuatro gigantes de la carne y decidió soltar la rienda a los ganaderos como quien le quita la correa al perro en el parque. Según él, Cargill, Tyson Foods, JBS USA y National Beef Packing Co forman un monopolio tan apretado que controlan el 85 % del mercado y tienen a los productores más apretados que cinturón después de la comida de Navidad.
El presidente salió a redes a defender a esos ranchers que, dice, trabajan como burros, son listos, eficaces y más limpios que cocina de suegra el día de la visita. Llevan años sufriendo lo que él llama un “sucio monopolio” que les amarga la vida con más ganas que vecino ruidoso en madrugada de domingo. El año pasado hasta el Departamento de Justicia olfateó si el cuarteto estaba inflando precios al consumidor como quien le echa aire al globo antes de la fiesta.
Para romper el hechizo, Trump prometió firmar los papeles mágicos que permitan a los ganaderos procesar ellos mismos la carne de sus animales. Ni plazos claros ni fecha de estreno, solo la promesa de que todo se resuelva “rápido”, esa palabra que en política suele durar más que cola en el banco el día de cobro. Traducción libre: los dueños del ganado podrán pasar de vender la vaca en pie a convertirla en filetes, chorizos y lo que se les antoje sin pasar por la caja registradora de los cuatro grandes.
Así que prepárense para el posible nacimiento de carnicerías de patio trasero con sello presidencial. Si el plan cuaja, el monopolio se quedará mirando como invitado que llegó tarde al pastel. Moral de la historia para adultos: cuando cuatro empresas se reparten el asado como si fuera herencia familiar, a veces llega un vaquero con corbata y dice que cada quien mate y empaquete lo suyo.














