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Expertos predicen el futuro del peso colombiano con la misma certeza que un horóscopo de revista

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El peso colombiano se prepara para septiembre con más nervios que un estudiante antes de un examen final para el que no estudió. Su futuro depende de una mezcla explosiva de factores que incluyen las decisiones de un grupo de señores en Estados Unidos, un conflicto al otro lado del mundo y el siempre entretenido drama del Congreso local. Los analistas, esos adivinos modernos con corbata, han sacado sus bolas de cristal y, como era de esperarse, cada uno ve una cosa distinta, aunque todos coinciden en que la reunión de la Reserva Federal será un evento más imperdible que final de campeonato.

El principal sospechoso de agitar las aguas es, como siempre, el Tío Sam. Antes, el mercado creía que las tasas de interés en Estados Unidos se quedarían más quietas que una estatua, pero ahora todo apunta a que van a subir. Esto, en el idioma que todos entendemos, significa que el dólar se pone más fuerte y musculoso a nivel global, mientras que el pobre peso colombiano se queda en el gimnasio tratando de levantar la pesa de un kilo. Un analista básicamente dijo: «Creíamos una cosa, pero ahora creemos otra», demostrando una capacidad de análisis que rivaliza con la de un comentarista deportivo.

Para añadirle más picante al guiso, tenemos el conflicto en Medio Oriente, que hace que el precio del petróleo suba y, en un giro extraño, le da un empujoncito al peso. Pero no se alegren tan rápido, porque en casa tenemos nuestro propio reality show: el debate del presupuesto nacional. El gobierno presentó un documento que, en esencia, sinceró las cuentas y mostró que el país tiene un hueco fiscal del 7,2% este año, que podría llegar al 9,4% si nadie hace nada. Es el equivalente a revisar tu cuenta bancaria después de un fin de semana largo y descubrir la cruda realidad.

Con este panorama, los pronósticos van desde el optimismo cauteloso hasta el pánico total. Si el Congreso se porta bien y aprueba un ajuste fiscal, podríamos ver un dólar tranquilo, cerca de los 3.100 pesos. Pero si las tensiones internacionales aumentan y los políticos locales se dedican a tirarse los trastos a la cabeza en lugar de arreglar el déficit, algunos vaticinan que el dólar podría dispararse hasta los 3.500 pesos, un nivel que haría que más de uno se replantee sus próximas vacaciones.

Sin embargo, en medio del caos, hay voces que aseguran que el peso no está tan mal como parece. Un experto señala que, técnicamente, el dólar todavía mantiene una «estructura bajista», una frase que suena muy profesional pero que probablemente significa que aún hay esperanza. Otro recuerda que Colombia paga tasas de interés mucho más altas que Estados Unidos, lo que sigue atrayendo a inversores extranjeros con la misma fuerza que una oferta de «pague uno, lleve dos».

En resumen, el futuro inmediato del peso colombiano es un cóctel de especulación, geopolítica y drama local. Los analistas ofrecen un menú de posibilidades que cubre todos los escenarios, desde «todo saldrá bien» hasta «sálvese quien pueda». Por ahora, parece que la única certeza es la incertidumbre, y que intentar predecir el valor del dólar es tan fiable como preguntarle a tu cuñado qué va a pasar con el clima la semana que viene.

Una experta de JPMorgan avisa que la bolsa podría tropezar, pero que es un porrazo «saludable»

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Si su cartera de inversiones ha estado más feliz que un perro con dos colas, prepárese para ponerle el cono de la vergüenza. Una estratega de JPMorgan ha sacado su bola de cristal financiera para advertir que se avecina un mes de septiembre complicado. Según ella, los mercados podrían sufrir una corrección de entre el 5% y el 8%, pero no se asusten, que es un «retroceso saludable». Es el equivalente a que tu médico te diga que una pequeña fractura de cráneo es buena para fortalecer los huesos.

El villano de esta película son los rendimientos de los bonos, que están subiendo más rápido que el colesterol de un crítico gastronómico. El temor a que la inflación se dispare ha llevado el rendimiento de los bonos del Tesoro a 10 años al 4,8%, acercándose peligrosamente al nivel del 5%. Ese número es el coco de los inversores, un umbral psicológico que, si se cruza, podría provocar una estampida en la bolsa más desordenada que la sección de ofertas de un supermercado.

La analista de JPMorgan, Grace Peters, también señaló que el crecimiento de los beneficios del segundo trimestre, con un 30% en Estados Unidos y un 15% en Europa, fue una fiesta espectacular que ya se acabó. Esas cifras son tan insostenibles como una dieta a base de pastel de chocolate. Sin embargo, argumentó que al menos la bonanza no vino solo del sector tecnológico, sino que otras áreas como la financiera y la industrial también se unieron al jolgorio, creando un mercado «más saludable», aunque ahora esté a punto de cogerse un resfriado.

La gran teoría de JPMorgan, que suena a título de película de superhéroes, es que un «superciclo de inversión» traerá un «superciclo de beneficios». Por ahora, su región favorita para invertir sigue siendo Estados Unidos, mientras que Europa se queda en esa zona gris de «ni fu ni fa». Entre sus sectores predilectos, además de los sospechosos habituales como el financiero y el tecnológico, se cuelan los servicios públicos. Sí, las empresas que te mandan la factura de la luz, ahora son la nueva sensación.

Al final, la verdadera prueba de fuego, según Peters, será demostrar que toda la millonada que se está invirtiendo en inteligencia artificial realmente sirve para algo más que para generar imágenes de gatos con sombreros de vaquero. Las empresas tendrán que probar que esta tecnología genera beneficios reales. De lo contrario, la burbuja de la IA podría explotar y salpicar a todos, convirtiendo ese «retroceso saludable» en una contusión de pronóstico reservado.

El Tesoro de EE.UU. intenta domar al mercado de bonos y termina con un moretón en el orgullo

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El secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, intentó hacer un truco de magia para calmar a los mercados, pero parece que el mercado no solo no se impresionó, sino que le devolvió la chistera abollada. Hace unas semanas, Bessent anunció un plan de recompra de bonos para bajar los costos de financiación, y por un momento, pareció que funcionaba. Sin embargo, el efecto duró menos que un propósito de Año Nuevo, y ahora el rendimiento de los bonos a 30 años ha vuelto a escalar hasta el 5,27%, exactamente el mismo nivel en el que estaba antes del supuesto milagro.

El mensaje del mercado de bonos más grande del mundo fue tan sutil como un portazo en la cara: se va a necesitar mucho más que un ajuste improvisado para tranquilizar a unos inversores que ven cómo el gobierno gasta sin control mientras la inflación se niega a morir. Un analista del Bank of America lo dijo de forma elegante: los inversores exigen «la máxima compensación» para prestar su dinero a largo plazo. Es el eufemismo financiero para decir «a ver, afloja la lana o no hay trato».

Y no crean que este drama es exclusivo de los estadounidenses. La fiebre de los rendimientos altos es una pandemia global. Los bonos alemanes alcanzaron su nivel más alto desde 2011, los del Reino Unido no se veían tan caros desde 1998 y hasta en Australia se registraron récords. Es como si todos los gobiernos del mundo hubieran salido de fiesta con la tarjeta de crédito y ahora los bancos les están llamando para recordarles que la cuenta no se paga sola.

El propio Bessent, en un ataque de sinceridad, admitió que no puede cambiar la tasa de interés de equilibrio, pero que lo que sí puede hacer es «ralentizar las cosas» para que no haya «un resultado negativo grave». Es el equivalente a decirle al capitán del Titanic que no puede evitar el iceberg, pero que intentará chocar contra él un poquito más despacio. Sus medidas son un intento de ponerle un curita a una herida de bala.

Para rematar la faena, un experto en inversiones comparó la estrategia del Tesoro con un farol en una partida de póquer. «La única forma de que un farol funcione es que nadie en la mesa sepa que estás faroleando», declaró. En este caso, parece que el gobierno de EE.UU. se sentó a la mesa con una mano pésima, apostó todo lo que tenía y el mercado, sin siquiera pestañear, le mostró un póquer de ases. Como dirían en el barrio, el tiro les salió por la culata.

Buenos Aires recibe la medalla de oro en ‘portarse bien con la plata’ mientras el resto mira desde el rincón

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En un país donde la economía tiene más giros de guion que una serie turca, la Ciudad de Buenos Aires acaba de ser nombrada la alumna estrella de la clase. La calificadora Standard & Poor’s le ha otorgado la nota ‘raAAA’, que en el idioma de los que usan corbata significa que es la entidad con la capacidad más ridículamente fuerte para pagar sus deudas en toda Argentina. Es como ganar el premio al «Empleado del Siglo» en una oficina que está constantemente a punto de declararse en bancarrota.

Los expertos de S&P, después de revisar las cuentas con lupa, básicamente concluyeron que la ciudad porteña es una especie de unicornio fiscal. Mientras otros hacen malabares para llegar a fin de mes, Buenos Aires ha mantenido un superávit constante, manejando sus finanzas con la prudencia de una abuela que guarda el dinero debajo del colchón. Esto le ha permitido acumular un colchón de liquidez tan grande que podrían usar billetes para jugar al Jenga sin despeinarse.

Según sus proyecciones, la ciudad seguirá teniendo un balance positivo del 19,7% en los próximos años, aunque planean darse un gustito y gastar un poco más en obras, lo que generará un déficit mínimo del 0,3%. Es el equivalente financiero a decir: «Ahorré todo el año, me merezco comprar ese televisor gigante». Entre los caprichos se incluyen nuevos vagones de subte, una línea subterránea adicional y otras obras que, con suerte, no terminarán un día antes de las próximas elecciones.

Una de las claves de este milagro es su envidiable autonomía: el 85% de sus ingresos viene de recursos propios, lo que significa que no dependen tanto del humor del gobierno nacional de turno. Cuando les recortaron la coparticipación, la Ciudad actuó como ese hijo independizado que le dice a sus padres: «No se preocupen, yo me las arreglo solo». S&P aplaudió esta resiliencia, que es la forma elegante de decir que sobrevivieron a los recortes sin tener que vender los muebles de la oficina.

Con la plata que tienen guardada, podrían cubrir todos los pagos de su deuda durante los próximos 24 meses, un lujo que suena a ciencia ficción en estas latitudes. Además, acaban de salir al mercado internacional y consiguieron 1.100 millones de dólares como si estuvieran pidiendo un café. Esto les permite refinanciar deudas viejas con nuevas, un juego de «patear la lata para adelante» pero ejecutado con maestría y a tasas más convenientes.

Como era de esperarse, las autoridades porteñas salieron a presumir su boleta de calificaciones con orgullo. El jefe de Gobierno, Jorge Macri, celebró el «orden de nuestras cuentas», mientras que el ministro de Hacienda añadió que tener una buena reputación les permite conseguir mejor financiamiento para obras. En resumen, ser el «nerd» de las finanzas tiene sus ventajas, aunque este nivel de orden y planificación es tan raro que algunos ya están revisando si los funcionarios no son en realidad robots suizos disfrazados.

Broadcom espera un milagro financiero para salvar un verano más desastroso que tus vacaciones familiares

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El mundo de las acciones es más dramático que una telenovela de las nueve, y Broadcom es el protagonista que se tropezó en plena escena climática. Después de empezar el año sintiéndose el rey del mambo, la empresa ha visto cómo se evaporaban unos 520.000 millones de dólares de su valor de mercado. Una cantidad de dinero tan absurda que podrías comprar un país pequeño y todavía te sobraría para ponerle aguacate a todo durante un siglo. Ahora, miran de reojo a su amigo el popular, Nvidia, esperando que se les pegue un poquito de su buena suerte.

Y es que Nvidia acaba de dar un fiestón de resultados, anunciando un crecimiento que hizo que sus acciones se dispararan como cohete en feria de pueblo. Esto ha provocado que los inversores de Broadcom, con la cara larga y los bolsillos más ligeros, se pongan a rezarle a San Millonario de los Chips. Una analista, con la agudeza de un martillo, básicamente dijo que si a Nvidia le fue bien después de que la gente estuviera nerviosa, a lo mejor a Broadcom también le va bien. ¡Qué genio! Nadie había pensado en una lógica tan aplastante.

¿Pero por qué tanto drama? Resulta que Broadcom tuvo la brillante idea de prometer el paraíso y luego entregar un folleto. Su director ejecutivo, Hock Tan, había vaticinado más de 100.000 millones de dólares en ventas de chips de inteligencia artificial para 2027, pero luego su pronóstico a corto plazo se quedó corto por unos miles de millones. El mercado reaccionó como si le hubieran cancelado su serie favorita, desplomando las acciones un 23% desde principios de junio y borrando la sonrisa de la cara de todos.

Ahora los analistas de Wall Street, esos oráculos modernos que a veces le atinan, esperan que la empresa anuncie un aumento del 210% en beneficios. Sin embargo, al mismo tiempo, admiten que «hay mucho temor en el mercado». Es como esperar un aumento de sueldo mientras tu jefe afila un hacha en la esquina de la oficina. La buena noticia, si se le puede llamar así, es que las acciones ahora están más baratas, cotizando a 21 veces sus beneficios previstos, una ganga después de haber costado 42. ¡Aproveche la liquidación por casi quiebra!

Más allá de los fríos números, los inversores están más chismosos que nunca. Quieren saber todos los detalles sobre el acuerdo multimillonario con Apple, si la competencia les está robando el almuerzo y qué tal lo hará la nueva directora financiera en su primera llamada con los patrones. Es su primer día de trabajo y ya tiene a miles de millonarios ansiosos respirándole en la nuca, esperando que no diga ninguna tontería que les cueste el yate.

Al final, aunque Broadcom presente unos números tan espectaculares como un truco de magia, puede que no sea suficiente. El ambiente en el sector de la inteligencia artificial está más tenso que cuerda de violín. El jefe prometió una «trayectoria de crecimiento sostenible», y vaya que lo ha sido: una caída tan sostenible que casi los manda al sótano. A nosotros, francamente, también nos parece estupendo.

Los ministros del G20 señalan a los países con superávits como los causantes del desorden comercial

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Los ministros de Economía del G20, salvo el de China, acordaron que las naciones con superávits comerciales excesivos deben eliminar las distorsiones que las obligan a depender tanto de las exportaciones. La reunión en Asheville, Carolina del Norte, buscaba estimular el crecimiento y reducir los desequilibrios que afectan a otros países. El comunicado final dejó claro que las prácticas no basadas en el mercado agravan el problema.

El texto aprobado por diecinueve miembros insiste en que se deben evitar restricciones innecesarias a los envíos y corregir las políticas que limitan el consumo interno. China se negó a firmar algunos párrafos y quedó sola en su postura. Los demás vieron con buenos ojos la idea de que nadie se vuelva adicto a vender barato al extranjero.

La declaración conjunta se leyó como una regañada colectiva donde todos asienten menos el que sigue llenando el camión de mercancía. Los asistentes coincidieron en que los desequilibrios excesivos terminan afectando el crecimiento de los vecinos. Nadie mencionó nombres concretos, pero el mensaje apuntó directo al mismo lugar de siempre.

Los gobernadores de bancos centrales también participaron en las pláticas sobre cómo ordenar las cuentas sin que nadie se sienta señalado. La excepción china se notó desde el primer momento y nadie fingió sorpresa. El resto del grupo prefirió cerrar filas y dejar constancia por escrito de lo que ya pensaban en privado.

Al final la foto del G20 terminó pareciéndose a una cena familiar donde todos prometen comer menos frituras menos el tío que sigue pidiendo más platos para llevar. El superávit sigue intacto, las quejas también y el comunicado sirve de recordatorio de que el problema existe aunque uno de los presentes prefiera no verlo.

Bessent exige al Banco de Japón que suba las tasas para frenar la caída del yen

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Scott Bessent, secretario del Tesoro de Estados Unidos, respaldó medidas monetarias decididas para combatir la debilidad del yen durante una reunión con el gobernador del Banco de Japón, Kazuo Ueda. El encuentro ocurrió en el marco del G20 en Asheville, Carolina del Norte, y reforzó la expectativa de un aumento de tasas de interés en la próxima junta del banco central japonés. Bessent insistió en la necesidad de anclar las expectativas de inflación y evitar una volatilidad excesiva en el tipo de cambio.

El funcionario estadounidense subrayó que una política monetaria sólida es clave para mantener la estabilidad. Ueda y la ministra de Finanzas japonesa, Satsuki Katayama, participaron en las conversaciones y coincidieron en la importancia de movimientos ordenados del yen. El Ministerio de Finanzas de Japón maneja la política cambiaria, mientras que el Banco de Japón actúa como su agente ejecutor.

Las declaraciones de Bessent llegan justo antes de la reunión del 17 y 18 de septiembre, donde se espera que el banco central japonés eleve los costos de endeudamiento. El mensaje refuerza llamados previos para que Tokio actúe con firmeza ante la presión sobre su moneda. La coordinación entre ambos países busca evitar sobresaltos que afecten los mercados globales.

El 31 de julio, Estados Unidos y Japón realizaron una intervención conjunta de compra de yenes, un movimiento poco común que evidenció la gravedad del problema. Bessent recordó que la volatilidad excesiva puede dañar las expectativas y complicar el panorama económico. Los funcionarios coincidieron en que la comunicación clara de la política monetaria es fundamental para evitar desequilibrios mayores.

Al final, la reunión se pareció a una intervención familiar donde el tío rico de Washington le dice al sobrino japonés que deje de gastar como si el yen fuera eterno. El yen sigue flojo, las tasas amenazan con subir y los dos países ya se pusieron de acuerdo para que la caída no se convierta en un drama mayor. La próxima junta del Banco de Japón definirá si el remedio llega a tiempo o si el paciente necesita algo más fuerte.

Trump convence al G20 de señalar a China como el villano de las exportaciones baratas

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Los ministros de Finanzas del G20, con la excepción notable de China, respaldaron la idea de frenar las políticas no de mercado que provocan una avalancha de productos chinos en otros países. La reunión dejó claro que diecinueve naciones están de acuerdo en que los superávits excesivos y la dependencia de las exportaciones ya no son sostenibles. Washington celebró el consenso mientras defendía su postura de no regular la inteligencia artificial.

Scott Bessent, secretario del Tesoro estadounidense, recordó que los aranceles más duros habían desviado mercancías chinas hacia otros mercados y que ahora todos lo notan. Afirmó que las economías que generan un flujo interminable de bienes baratos no pueden seguir así. El comunicado final del G20 instó a los países con grandes superávits a eliminar distorsiones que limitan el consumo interno.

La reunión se desarrolló mientras los mercados de bonos sufrían una venta masiva por el aumento de la deuda y las presiones inflacionarias. Los asistentes reconocieron que la incertidumbre geopolítica, incluidas las disputas arancelarias y el conflicto con Irán, está lastrando el crecimiento mundial. Nadie parecía dispuesto a ignorar el tema.

El ministro alemán Lars Klingbeil comparó la incertidumbre con un veneno para la economía y pidió más firmeza cuando se incumplen las reglas. Alemania defendió un orden basado en normas y no en la ley del más fuerte. El tono europeo contrastó con el optimismo estadounidense sobre el resultado de la cumbre.

Al final, la foto grupal del G20 se pareció a una reunión de vecinos donde todos señalan a la misma casa por tirar basura al patio ajeno, salvo el propio vecino que se hace el despistado. China quedó sola en la foto y el resto del grupo ya prepara el comunicado para la próxima queja. El problema de las exportaciones baratas sigue ahí, pero ahora al menos tiene diecinueve firmas de testigos.

Sheinbaum promete bajar el déficit fiscal sin soltar la chequera del gasto social

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La presidenta Claudia Sheinbaum anunció que el Paquete Económico 2027, que debe entregarse el 8 de septiembre, buscará una consolidación fiscal paulatina. El plan consiste en reducir el déficit pero sin recortar la inversión pública ni los recursos para bienestar, salud y educación. Todo esto ocurre mientras los ingresos crecen más lento que el gasto y las calificadoras observan con cara de pocos amigos.

En 2024 el déficit fiscal llegó a un récord de 5.8 por ciento del PIB por la deuda contratada para obras del sexenio anterior. El año pasado se intentó bajarlo a 3.9 por ciento, pero los apoyos a Pemex lo dejaron en 4.8 por ciento. Para este año las proyecciones de Hacienda apuntan a 4.1 por ciento, aunque Moody’s ya bajó la calificación a Baa3 y Standard & Poor’s cambió la perspectiva a negativa.

Las tres grandes calificadoras coinciden en que el gasto rígido y los rescates petroleros dificultan cualquier ajuste serio. Fitch incluso advirtió que México podría perder el grado de inversión si no reduce el déficit con más rapidez. Mientras tanto, una nueva Ley de Inversión busca acelerar el gasto en infraestructura durante el segundo semestre, aunque el margen de maniobra sigue siendo estrecho.

Sheinbaum insiste en que mantener la rectoría del Estado no significa abandonar la disciplina fiscal ni asumir que todo se resuelve con más gasto. Afirma que las finanzas deben ser sólidas para ampliar la inversión sin comprometer la estabilidad macroeconómica. El discurso suena equilibrado, pero las cifras siguen mostrando que las pensiones y los programas sociales siguen presionando las cuentas.

Al final, el gobierno promete bajar el déficit como quien promete bajar de peso sin dejar los tacos los fines de semana. Las calificadoras ya tienen el lápiz rojo en la mano y Pemex sigue siendo ese familiar que siempre pide prestado sin devolver. México, según la mandataria, no se somete, pero las deudas tampoco perdonan.

El gobierno federal destina casi un billón de pesos a pensiones y deja poco para todo lo demás

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El gasto en pensiones contributivas alcanzó 990 mil 568 millones de pesos entre enero y julio de 2026. Esa cantidad equivale al 20 por ciento de todos los ingresos presupuestarios del periodo y marca un récord desde que existen registros comparables. El aumento real fue de cinco por ciento frente al mismo lapso del año anterior.

Ese monto se tragó el 29 por ciento de la recaudación total de impuestos, el 56 por ciento del ISR y el 95 por ciento del IVA. También representó la cuarta parte del gasto programable y superó en más del doble a la inversión física. Hacienda ya calcula que al cierre del año el rubro llegará a 2.3 billones de pesos.

Cada ejercicio fiscal el gobierno necesita encontrar 100 mil millones de pesos adicionales solo para cubrir el pago de estas pensiones. El margen de maniobra se reduce y la inversión física sigue dos años seguidos en caída. Los números muestran que el gasto corriente y las pensiones crecen más rápido que los ingresos.

Las pensiones contributivas corresponden a quienes cotizaron durante su vida laboral en el sector formal. No incluyen las pensiones no contributivas que se entregan de forma universal o por grupos específicos. Esa diferencia explica por qué la cifra que se maneja no contempla todos los programas de apoyo a adultos mayores.

Al final del día el presupuesto se parece a una cartera agujereada donde las pensiones se llevan la mayor parte y queda poco para carreteras, escuelas o cualquier otra cosa. El problema no es nuevo, pero cada año la cuenta sube y el espacio para ajustar se achica más.