A los genios de las finanzas de Wall Street les duró la alegría menos que un salario en quincena. Justo después de que el Nasdaq se sintiera el rey del mundo alcanzando un máximo histórico, el castillo de naipes se vino abajo. La culpa la tienen dos aguafiestas: el petróleo, más caro que nunca, y los rendimientos de los bonos del Tesoro, que suben como la espuma y asustan más que una llamada de la suegra a medianoche. El panorama inflacionario se ha puesto tan feo que hasta los brókeres más optimistas están buscando un antidepresivo.
El verdadero villano de esta historia es la deuda soberana, que de repente se ha vuelto más interesante que la última temporada de una serie de moda. El rendimiento del bono del Tesoro a 30 años alcanzó un 5,44%, un nivel que no se veía desde que los teléfonos con tapa eran lo más moderno, allá por 2004. Mientras tanto, el bono a cinco años superó el 5% por primera vez desde 2007, demostrando que el pasado siempre vuelve para atormentarnos, especialmente en forma de números rojos.
Para echarle más leña al fuego, el petróleo anda desatado como un rockero en un hotel. El barril de Brent superó los 106 dólares, impulsado por las amables advertencias de Irán, que amenazó con llevar la fiesta de la guerra hasta el océano Índico si alguien se pasa de listo. Esto ha puesto los nervios de punta a todo el mundo, porque un mercado con tan pocos amortiguadores reacciona a las amenazas como un gato escaldado al agua fría, con un salto desproporcionado en los precios.
Y para rematar la faena con un toque de ironía, resulta que la economía estadounidense está más fuerte que el vinagre. Las solicitudes de subsidio por desempleo cayeron a 197.000, uno de los niveles más bajos desde 1969, cuando la gente todavía creía que los autos volarían. Esta “buena noticia” es en realidad pésima para los mercados, porque una economía tan robusta le da carta blanca a la Reserva Federal para seguir subiendo las tasas de interés y enfriar la parranda a base de garrotazos monetarios.
Mientras tanto, en el circo de los perdedores, el oro, la plata y hasta el popular bitcóin se unieron a la caída libre, como si hubieran hecho un pacto suicida. El bitcóin, que hace unos días se pavoneaba superando los 87.000 dólares, ahora se arrastra por debajo de los 83.000. Hasta Oracle, el gigante tecnológico, anda con problemas en un proyecto de centro de datos tan grande que parece que están construyendo la Estrella de la Muerte en Nuevo México.
Así que mientras los inversores corren en círculos con el pelo en llamas, el resto de los mortales seguimos preocupados por cosas más importantes, como si nos alcanzará para pagar el gas y el súper. Al final, el pánico de Wall Street parece el berrinche de un niño rico, mientras la gente de a pie lidia con la verdadera economía: la que vacía los bolsillos antes de que acabe el mes.


