Jueces le aplican un ‘estate quieto’ a Trump y a su plan anti-cartero

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En un capítulo más de la tragicomedia «No quiero que voten si no es por mí», un tribunal federal de apelaciones le dio un coscorrón judicial a Donald Trump, confirmando que su berrinche contra el voto por correo no tiene ni pies ni cabeza. Resulta que su orden ejecutiva, diseñada para que las boletas electorales tuvieran más obstáculos que una carrera de botargas, fue frenada en seco por una jueza que, al parecer, sí leyó la Constitución.

El panel de tres jueces, en un raro momento de unanimidad que ya quisiéramos ver en las cenas familiares de Navidad, dijo básicamente: «A ver, señor, su plan para ‘combatir el fraude’ es como intentar apagar un incendio con un encendedor». Concluyeron que la brillante idea de Trump probablemente dejaría sin votar a millones de personas, a cambio de atrapar a un supuesto defraudador que es más difícil de encontrar que un político honesto. Era, en pocas palabras, una solución buscando desesperadamente un problema.

Lo más sabroso del asunto es la hipocresía nivel experto del presidente. Trump, que critica el voto por correo con la misma pasión con la que un vegano critica los tacos al pastor, resulta que él mismo lo usa más que su teléfono para escribir en redes sociales a las tres de la mañana. Votó por correo en Florida, demostrando que la regla es: «El voto por correo es malo… a menos que sea el mío». El gobierno, al ser cuestionado por pruebas del fraude masivo, respondió con el clásico «es que no me dejan ver», culpando a los estados por no tener un censo confiable, que es como culpar al vecino por no encontrar tus propias llaves.

Al final del día, todo este teatro parece tener un trasfondo más simple: el pánico. Con las encuestas mostrando que su partido podría perder el control del Congreso más rápido de lo que dura el gusto de la quincena, la estrategia parece ser mover la portería, esconder el balón y, si es posible, cancelar el partido. Mientras tanto, los carteros de Estados Unidos, convertidos en héroes involuntarios de la democracia, solo piden que no les avienten al perro.

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