Parece que la relación entre Perú y China está más caliente que asiento de taxista en verano, consolidándose como el romance comercial del siglo. Resulta que el gigante asiático no solo es el principal socio de Perú, sino que le compra hasta los clavos de las paredes, dejando a Estados Unidos y a la Unión Europea en la temida “zona de amigos”. Mientras China saca la billetera con gusto, los otros apenas si invitan un café.
Las cifras son tan escandalosas que parecen sacadas de una telenovela. En los primeros siete meses del año, Perú le vendió a China la friolera de US$24.340 millones, un aumento del 37,5%. Para que se hagan una idea del drama, a Estados Unidos le vendieron US$5.971 millones y a la Unión Europea unos modestos US$5.618 millones. Es como si tu pareja principal te regalara un auto de lujo y los otros apenas una tarjeta de cumpleaños.
¿Y qué es lo que vende Perú con tanto entusiasmo? Pues básicamente, el relleno de sus montañas. Las exportaciones de minerales se dispararon un 49,2%, sumando US$46.284 millones, gracias a que el mundo de repente necesita cobre y oro como si fueran el último rollo de papel higiénico en una pandemia. El cobre solito aportó US$21.607 millones y el oro unos deslumbrantes US$16.394 millones, demostrando que vaciar la vitrina de la abuela sigue siendo un negocio redondo.
Por su parte, la embajada china en Perú anda más orgullosa que padre en graduación, presumiendo que ya han invertido más de US$30.000 millones. Afirman que todo esto trae desarrollo, empleo y un montón de beneficios “sin generar ni un centavo de deuda”. Una afirmación tan bonita que suena a promesa de político en campaña, porque claro que no es deuda si te están pagando por llevarse el inventario completo de la tienda.
Este idilio no es cosa nueva, ya que llevan 27 meses seguidos de crecimiento en las ventas al exterior y 12 años con China como el cliente número uno. Con un nuevo tratado de libre comercio en camino, todo apunta a que Perú seguirá vendiendo hasta el último tornillo que encuentre. Solo queda esperar que no se les acaben los cerros antes de que se acabe la fiesta.



