En un episodio más dramático que final de telenovela, el gobierno alemán decidió que prefería escuchar el sonido de un módem de los noventa conectándose a internet antes que la voz de Donald Trump. Resulta que el jefe teutón, Friedrich Merz, tenía agendada una llamadita con el magnate color mandarina, pero le dio un ataque de dignidad y la mandó a volar después de que Trump se pusiera a echarle porras al partido de ultraderecha AfD, los aguafiestas oficiales de Alemania.
La llamada, que supuestamente era para conmemorar algo tan serio como el 11-S, fue cancelada con la misma sutileza con la que tu ex te bloquea de todas las redes sociales. Un vocero alemán, con cara de póker, aclaró que el motivo «no es un problema de agenda», que es el equivalente diplomático de «no eres tú, soy yo… pero en el fondo, sí, eres totalmente tú y tus pésimas amistades». Trump, en su infinita sabiduría, había aplaudido la «realmente grande» victoria de Alternativa por Alemania (AfD), un partido que le tiene más alergia a los inmigrantes que un vampiro al ajo.
Mientras tanto, en el parlamento alemán, que a veces parece un manicomio con mejores sueldos, Merz acusó a los de AfD de querer organizar una «limpieza étnica» con su brillante idea de la «remigración». Según Merz, esta palabrita rimbombante no es más que un plan para deportar a todo el que no parezca salido de un comercial de salchichas bávaras. El canciller, interrumpiendo su siesta, advirtió que si echan a los migrantes, los alemanes tendrán que aprender a arreglar sus propias tuberías y, peor aún, a servirse su propia cerveza en los bares. ¡El horror!
Así que, mientras Merz intenta apagar el incendio en casa con un vasito de agua, el expresidente más anaranjado del mundo sigue demostrando su talento para meter la pata hasta en continentes ajenos. Para el canciller alemán, esto es un dolor de cabeza más grande que intentar armar un mueble de IKEA sin instructivo y con resaca. La política internacional nunca había sido tan parecida a una pelea de vecinos por el tendedero.



