Zelenski visita al primo buena gente de Canadá a ver si le fía unos misiles para el frío

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En un movimiento que ya se está volviendo más común que los lunes de bajón, el presidente ucraniano Volodímir Zelenski se lanzó a Canadá como quien va a casa de su tía la rica a pedirle para la semana. Apenas bajó del avión, y antes de que le ofrecieran el jarabe de arce de bienvenida, Zelenski anunció que venía a ver dos cositas: cómo proteger su patio de los vecinos ruidosos y cómo evitar que su gente se convierta en cubitos de hielo este invierno.

Acompañado de su eterna cara de «no dormí en tres días», el mandatario se reunió con su compa Justin Trudeau, el primer ministro con pelazo de actor de telenovela, para presentarle su lista de encargos. Según fuentes que probablemente nos inventamos, la lista incluía «unas defensas aéreas que no parezcan coladeras» y «cualquier cosa que genere calor y que no requiera frotar dos palitos». Es la versión geopolítica de cuando se te descompone el boiler en diciembre y tienes que rogarle al vecino que te deje usar su regadera.

Los «acuerdos importantes» de los que habló Zelenski suenan a esa negociación tensa que tienes con un amigo para que te preste dinero, prometiéndole que «en la quincena te pago, palabra». El mundo observa con una mezcla de lástima y morbo, como cuando ves a alguien intentar pagar con un billete falso en la tiendita de la esquina.

Mientras tanto, en la oficina de un tal Mark Carney, un señor que ni vela tiene en este entierro, no paran de sonar los teléfonos preguntando por lanzacohetes, lo cual tiene a su secretaria al borde de una crisis nerviosa. Al parecer, alguien necesita actualizar su lista de contactos de emergencia.

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