En un giro de los acontecimientos más dramático que el final de una telenovela de las nueve, el avión presidencial de Donald Trump, un regalito de Catar que parece tener más problemas que un concursante de reality show, decidió que no tenía ganas de volar el miércoles. La razón de su pataleta fue el tobogán de evacuación, que al parecer se infló por su cuenta como si fuera un colchón para visitas inesperadas, dejando a todo el mundo en tierra.
«Cosa de quince minutitos, muchachos, como cuando se te actualiza el sistema sin permiso», masculló el presidente a los periodistas que esperaban en la pista, probablemente pensando que a esa edad ya no está para estos trotes. La escena era digna de una comedia: el magnate de 80 primaveras, atrincherado en su helicóptero mientras afuera, su flamante «Air Force One» parecía un castillo inflable de feria de pueblo. Un periodista con más agallas que un torero le preguntó si el cacharro era seguro, a lo que Trump respondió con la lógica aplastante de quien se niega a leer las instrucciones: «Claro que sí, si no, no me subiría».
Mientras el equipo técnico luchaba contra el motín del plástico inflado, el antiguo avión presidencial esperaba pacientemente en la misma pista, con las escalerillas puestas, como una exnovia fiel esperando a que la nueva relación fracase estrepitosamente. El director de comunicaciones de la Casa Blanca, Steven Cheung, salió al rescate con una excusa más ensayada que el «no eres tú, soy yo», afirmando que era una «revisión para garantizar que todo funciona perfectamente». Claro, Steven, una revisión sorpresa iniciada por el propio tobogán.
Este avión, que ya tiene un historial de dramas más largo que una discusión de pareja por WhatsApp, es el mismo que Trump dejó plantado en Turquía por «amenazas de seguridad», escapando en un camión como si fuera un espía de película de bajo presupuesto. El lujoso jet, donado por la familia real catarí, es un regalo envenenado que ha generado más preguntas éticas que soluciones. Pero no se preocupen, Trump ya tiene planes para él: convertirlo en una pieza de museo, para que las futuras generaciones puedan admirar el día que un trozo de hule le ganó la batalla al hombre más poderoso del mundo.



