Resulta que un grupo de inversores, más conservadores que una tía abuela en misa de domingo, ha decidido que su nueva misión en la vida es decirle a las grandes empresas en qué gastar el dinero de sus seguros. Su último objetivo es Nike, a quien le exigen que deje de cubrir cirugías de transición de género para menores. Liderados por una firma llamada Inspire Investing, que maneja la módica suma de 5.400 millones de dólares, este club de amigos está presionando a 242 compañías con el argumento de que apoyar estos procedimientos podría traerles más problemas que una cena de Navidad con los suegros divorciados.
Para darle más dramatismo al asunto, contrataron a un exjugador de fútbol americano para que presentara su caso, seguramente porque nada grita «preocupación financiera» como un tipo que se dedicaba a estrellar su cabeza contra otras. Según ellos, Nike se arriesga a demandas y a un daño de reputación monumental. La compañía, por su parte, ya tiene suficientes problemas: sus acciones están en su punto más bajo en 12 años y sus ventas caen más rápido que las ganas de trabajar un lunes por la mañana.
Lo más irónico de esta cruzada moral es que los inversores están usando el «Índice de Igualdad Corporativa» de un grupo pro-LGBTQ para encontrar a sus víctimas. Básicamente, revisan quién saca la mejor nota en ser inclusivo para luego ir a tocarles la puerta y armarles un escándalo. Es como si un vegetariano usara una guía de las mejores parrilladas para saber a qué restaurantes ir a protestar, una estrategia tan retorcida que hasta un villano de telenovela aplaudiría.
Los defensores de los derechos LGBTQ, por supuesto, afirman que esta campaña tiene menos que ver con el dinero y más con un prejuicio del tamaño de un estadio. Argumentan que estos tratamientos médicos salvan vidas, pero al parecer, eso no cotiza tan bien en la bolsa. La realidad, según un estudio de Harvard, es que estas cirugías en menores son más raras que encontrar a alguien que lea los términos y condiciones: ocurren en 2.1 de cada 100,000 jóvenes asegurados, una cifra tan pequeña que hace que todo este alboroto parezca ridículamente exagerado.
Al final del día, en la junta de accionistas de Nike, la propuesta fue rechazada de forma contundente, demostrando que a la mayoría de los inversores les importa más el rendimiento de sus acciones que la vida privada de los hijos de sus empleados. Nike puede respirar tranquila por ahora, aunque con esta clase de amigos vigilando sus cuentas, seguro que la próxima junta será más tensa que un capítulo final de serie. Mientras tanto, la empresa seguirá enfocada en lo suyo: vender zapatillas carísimas y meterse en líos de vez en cuando.



