Sheinbaum y Ebrard Dan Clase Magistral de Paciencia Comercial

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Desde un futuro no tan lejano, el 9 de septiembre de 2026, Claudia Sheinbaum tuvo una charla virtual con Howard Lutnick. El secretario Marcelo Ebrard, cual chaperón de fiesta, tuiteó que el intercambio fue “cordial” y “útil”, código diplomático para ‘nadie aventó el teclado a la pantalla’.

El drama principal gira en torno a la revisión del T-MEC, un acuerdo que parece tener más revisiones que el celular de un novio celoso. Mientras la administración de Donald Trump ejerce una presión que se siente como un niño pidiendo postre antes de la sopa, el gobierno mexicano mantiene la calma de un monje tibetano. Sheinbaum ya se ha reunido dos veces con el embajador Greer, probablemente para explicarle con peras y manzanas por qué los aranceles “injustos” al acero, aluminio y autos son una idea tan brillante como usar sandalias en la nieve. La mandataria insiste en que estas medidas afectan la economía con la sutileza de un elefante en una cristalería, y lo hace con una serenidad envidiable. Para continuar con la cátedra de diplomacia, Ebrard volará a Washington el 10 de septiembre, adelantándose a la cuarta ronda bilateral. Su misión no es suplicar, sino recordarles a sus contrapartes que la soberanía nacional no está en el menú de descuentos ni en la sección de liquidación.

Al final, la presidenta fue tajante: México no va a “firmar nada que tenga que ver con una afectación a nuestra soberanía”. El límite es más claro que el agua y más firme que la decisión de tu tía de no darte la receta secreta del mole. En esta negociación, México no solo está en la mesa, sino que parece ser el dueño del restaurante.

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