En un ataque de sinceridad más raro que político cumpliendo una promesa, el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, básicamente confesó que la diplomacia gringa ahora consiste en sacar el talonario y preguntarle al mundo: «¿A ver, quién quiere ser mi amigo?». Durante un evento donde seguramente el café estaba aguado, Bessent explicó con la sutileza de un elefante en una cristalería que Washington está más que dispuesto a usar su billetera para «crear aliados» y asegurarse de que todos en el hemisferio jueguen en su equipo.
El funcionario señaló a Argentina como el alumno estrella de este nuevo programa de «amigos con derechos (financieros)». Al parecer, el gobierno de Milei les pareció tan prometedor que decidieron inyectarle unos cuantos miles de millones de dólares, algo así como darle una mesada multimillonaria a tu sobrino el raro para que gane la presidencia del consejo estudiantil y no se junte con las malas influencias. Según Bessent, la idea era estabilizar la moneda argentina, aunque suena más a que le dieron un flotador a un náufrago en medio de un tsunami.
Este arrebato de honestidad no es más que la confirmación de lo que todos ya sospechábamos: la administración Trump ve el globo terráqueo como un gran tablero de Monopoly. Si no te pueden convencer con un fajo de billetes, no tienen problema en usar los aranceles como quien te sube el alquiler sin previo aviso. Y si eso tampoco funciona, siempre queda la opción de mandar al ejército, que es la versión diplomática de soltarle al cobrador del frac a un país entero.
Así que ya lo sabe. La nueva era de la política exterior ya no se trata de aburridos discursos en la ONU ni de tratados de paz. Ahora todo se resume en una simple pregunta: «¿Vas a querer el dinero por las buenas o prefieres que te embarguemos el Caribe?». La diplomacia ha muerto. ¡Viva la «dinerocracia»



