Trump y Delcy pactan una rifa petrolera con más trampas que una película de Cantinflas

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En el último episodio de «¿Quién da más por un país en oferta?», el magnate de copete dorado, Donald Trump, y la vicepresidenta venezolana, Delcy Rodríguez, se sacaron de la manga un acuerdo petrolero que huele más a chanchullo que a crudo de alta calidad. La idea es entregar 17 campitos petroleros, que guardan más barriles que un borracho en feria, pero el plan tiene más agujeros que un queso gruyer y una legalidad tan sólida como un flan en pleno terremoto.

Para arruinar la fiesta, apareció el aguafiestas profesional Gonzalo Monroy, un experto que básicamente dijo que esto es un «robo en despoblado», pero con corbata y en inglés. Según Monroy, el acuerdo se pasa por el arco del triunfo la Constitución venezolana, como si fuera una sugerencia de tránsito. Para colmo, la ley dice que la estatal PDVSA debe estar metida en todo, pero en este guion la dejaron fuera, mirando desde la ventana como el ex al que no invitan a la boda. El trato se manejaría bajo leyes gringas, lo que es como jugar fútbol en casa, pero con el árbitro y las reglas del equipo visitante.

En el tema del dinero, la cosa se pone aún más cómica. Delcy Rodríguez presume que a Venezuela le caerán 19 dolaritos por barril, pero el experto Monroy sacó su calculadora y dijo que, después de repartir el botín y cubrir los gastos, a duras penas les tocarán 3 miserables dólares. ¡Una ganga para los compradores! Además, Trump sueña con que Venezuela empiece a escupir 1.5 millones de barriles diarios como por arte de magia, ignorando que la infraestructura petrolera del país está más parchada que los pantalones de un niño travieso y sostenida con cinta adhesiva y buenos deseos.

Y por si fuera poco, el petróleo de esos campos es un «chapopote» extrapesado, un mejunje terco y espeso que no se puede guardar en cualquier lado. Intentar meterlo en los almacenes de Luisiana sería como tratar de bañar a un gato con agua fría: un desastre garantizado que podría reventar las instalaciones. Este crudo solo lo aguantan unas cuantas refinerías especializadas. Para rematar, el riesgo político es altísimo: cualquier gobierno futuro con dos dedos de frente podría mandar este «acuerdo» al basurero de la historia, dejando a los inversionistas millonarios con una cara de payaso y los bolsillos vacíos.

En resumen, tenemos un anuncio espectacular, digno de un programa de televentas, pero para que de ahí salga una sola gota de petróleo falta un trecho más largo que un discurso de político en campaña. El plan maestro, por ahora, es ver si logran torcer las leyes venezolanas para «volver legal lo ilegal», un truco de magia que ni el más grande escapista se atrevería a intentar. Mientras tanto, los ciudadanos de a pie se preparan para el próximo capítulo, probablemente con menos petróleo pero con más material para memes.

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