¡Atención, almas cándidas que todavía sueñan con independizarse antes de los 40! La Unión Europea, moviéndose a la velocidad de un caracol con reuma, por fin se ha dado cuenta de que encontrar un apartamento se ha vuelto más difícil que enseñarle a tu abuela a usar TikTok. Por eso, han sacado de la chistera un plan maestro para intentar que las ciudades dejen de ser parques temáticos para turistas y vuelvan a ser, ya sabes, lugares donde la gente vive.
La cosa está que arde. En los últimos 15 años, el precio de un techo se disparó un 60%, y el de los alquileres casi un 30%. Vamos, que tu sueldo sube en céntimos mientras el alquiler lo hace en billetes de 500. Bruselas admite que, aunque los Airbnb y similares son solo el 1.2% del total de viviendas, en los barrios de moda se han multiplicado como los memes del gato, llegando a ocupar el 20% del espacio. Es esa bonita sensación de que tu vecino de al lado cambia cada tres días y siempre está de fiesta mientras tú madrugas para ir a trabajar.
Teresa Ribera, una mandamás de la Comisión Europea, salió con cara de circunstancias a decir lo obvio: «Cuando el mercado fracasa, los poderes públicos tienen que actuar». Una forma elegante de decir: «Como sigamos así, la gente va a terminar viviendo en los cajeros automáticos y eso queda muy feo en las postales». El plan es, básicamente, darle a los ayuntamientos un manual de «Cómo ponerle límites a un gigante tecnológico sin que te aplaste con una demanda judicial». Ciudades como Barcelona y París ya lo intentaron, pero las plataformas digitales tienen más abogados que un equipo de fútbol tiene aficionados, y siempre acaban ganando en los tribunales.
Por supuesto, Airbnb, con la sutileza de un elefante en una cristalería, ha respondido que el problema no son ellos, sino que no se construyen suficientes casas. Su lógica es impecable: la solución a que no puedas pagar un piso de 50 metros cuadrados es construir más pisos de 50 metros cuadrados que ellos puedan alquilar por noches a precio de hotel de cinco estrellas. Mientras tanto, los europeos de a pie seguirán jugando a la lotería inmobiliaria, esperando que este plan no sea otro brindis al sol y que, con un poco de suerte, algún día puedan alquilar algo más grande que el cuarto de las escobas.



