En un giro de guion más predecible que el final de una telenovela, un batallón de más de 130 asociaciones y expertos le ha mandado una carta a Ursula von der Leyen, la mamá gallina de Europa, suplicándole que por favor no apriete el botón de pánico. Resulta que la jefa de la Comisión Europea está a punto de dar su gran discurso para que parezca que trabaja, y se rumorea que planea prohibir las redes sociales a los menores, como si con eso fuera a solucionar que los críos prefieran ver a un tipo reaccionando a videos que leer un libro.
La lógica de estas 132 almas caritativas es tan aplastante como la siesta después de comer fabada: prohibir el acceso a los menores es como ponerle una tirita a una herida de bala. En lugar de pedirle a las mega-corporaciones que dejen de diseñar sus plataformas con la misma ética que un vendedor de coches usados, la brillante idea es convertir a cada padre en un policía de internet. Como si los padres no tuvieran suficiente con intentar que sus hijos coman brócoli y no dibujen en las paredes, ahora también tendrían que hacer de guardias de seguridad digitales, mientras las empresas se forran a costa de la salud mental de sus retoños.
Los firmantes, entre los que se encuentran nombres tan dispares como Amnistía Internacional y e-Enfance, proponen algo revolucionario: que las plataformas se hagan responsables de su propio desastre. Piden medidas de seguridad «sólidas» para crear un «entorno en línea que proteja y fortalezca a los niños». Básicamente, quieren convertir el salvaje oeste digital en un parque de diversiones con cinturones de seguridad y cascos acolchados. Leanda Barrington Leach, una de las directoras, lo resumió diciendo que están «hartos de que exploten a nuestros hijos». Traducción: «Sabemos que quieren hacer algo drástico para la foto, pero por favor, ¿podrían pensar por dos segundos?».





