El gobierno argentino se paró frente a los ejecutivos más importantes del país con la seriedad de un director de escuela a punto de anunciar la suspensión de las vacaciones, jurando que su plan económico será «más ortodoxo que nunca». La promesa sonaba tan estricta que parecía que iban a prohibir el dulce de leche para equilibrar las cuentas. Sin embargo, como ese amigo que jura empezar la dieta el lunes, al rato ya lo encontraron escondido en la cocina con un tarro de helado y dos mil millones de dólares en la mano.
En una convención con más corbatas que en una boda de la mafia, el presidente Javier Milei y su ministro Luis Caputo prometieron apretar el cinturón de la economía hasta dejarla sin aire para el 2027, sin importar que sea año de elecciones. Para añadirle drama al asunto, el vicepresidente del Banco Central, Vladimir Werning, sentenció que “un poco de inflación es gravísimo”, como si estuviera hablando de dejar la tapa del inodoro levantada. El mensaje era claro: se vienen tiempos de disciplina monacal.
Pero el guion de esta comedia de enredos dio un giro inesperado. El Ministerio de Economía, en un acto de pragmatismo que huele a improvisación de último minuto, decidió ampliar la emisión de letras atadas al dólar por hasta dos mil millones de billetes verdes. En criollo: le dieron al Banco Central una chequera con fondos para que salga a calmar al dólar si se le ocurre hacer un berrinche, como un padre que le da dinero a su hijo adolescente para que no arme un escándalo en el centro comercial.
Como bien señaló un analista, que seguramente ya está acostumbrado a estos espectáculos, «una cosa es lo que dice el presidente, otra lo que hace el Gobierno». Esta jugada de contorsionismo financiero tiene dos objetivos: primero, darle un salvavidas a las empresas endeudadas en dólares para que no se ahoguen; y segundo, tener municiones para mantener al tipo de cambio más controlado que perro con correa corta, incentivando a los bancos a vender sus dólares.
La razón de tanto alboroto es que todavía hay unos 4.400 millones de dólares en títulos de empresas esperando para liquidarse, una cifra que pone nerviosa hasta a la estatua de la libertad. El gobierno necesita que ese dinero entre al mercado sin provocar un zafarrancho cambiario. Al final del día, la prioridad no es la ortodoxia ni la heterodoxia, sino mantener el barco a flote como sea.
Así que, mientras el discurso oficial habla de sacrificios y austeridad, las acciones demuestran que el objetivo real es llegar a las elecciones del 2027 con el dólar lo más quieto posible, aunque para ello deban hacer más malabares que un artista de circo. La nueva biblia económica parece tener un solo mandamiento: «El tipo de cambio ante todo», y que la coherencia la pague otro.





